martes, 22 de abril de 2014

Dev(orar).


Se te encendía la pasión en la mirada tan intensamente que nunca supe si era odio o si era yo (por soñar, nada se ha perdido –la cabeza, tal vez–).
Tenías la sangre caliente como todos esos animales que te desgarran con un aullido y te matan de miedo, como los leones que duermen por saberse con el control, como las hembras que provocan y arrancan los instintos más primarios cuando dejan un rastro de su olor, de su perfume exquisito, de las gotas de sudor que acarician el borde del labio y hacen del deseo un monstruo hambriento. Hacías desierto las bocas de sed saciada. Encendías el fuego con solo suspirar. Avivando la llama.
Eras demasiado salvaje como para sucumbir, como para dejarte domar por el amor. Cuando eras impulso, prisa, sexo. Cuando eras hermosa hasta doler.
Me trituraste el corazón a pura dentellada. Te comiste hasta la última fibra de mi libertad, y me hiciste esclavo de tu capricho. Y yo obedecía. Sin preguntas ni réplica. Sin juicio. Sin más identidad que la que me daba tu voz cuando me llamabas. Como un fantasma de carne que solo existía por tu amor.
Pero nunca era suficiente. Y yo solo era tú...