martes, 25 de febrero de 2014

Quizá es magia eso a lo que llamamos luz. Al momento en que consigues ver cuando te habías creído ciego y te habías resignado a serlo.
A veces la luz llega cuando crees que la enfermedad te ha infectado por completo. Cuando has perdido los órganos de la vida vista. A veces llega y te arropa, como se cogen a los pájaros heridos entre las manos, tan indefensos y vulnerables que da pena ser fuerte. A veces todo se hace pequeño a tu lado y se queda ahí, contigo; no te supera ni te asfixia ni se esfuma ni te hace invencible. Simplemente ilumina, te hace sentir capaz; incluso, afortunado. A veces la luz se hace humana y la sonrisa se lee en la literatura. En palabras como las vuestras.

Quizá me he quedado sin luz; no veo más que ojos apagados y un alma extinta. Pero por suerte, por desgracia o por delirio, quedan personas que son capaces de ver en mí algún destello. Quizá como una estrella que murió hace tiempo y de la que solo queda el recuerdo, sobre nosotros.
Siempre da vida que vean algo hermoso en ti cuando tú sientes que te estás descomponiendo y no tienes nada más que ofrecer que la putrefacción y decadencia de tu espíritu cuando ellos estaban esperando algo más.


Esto empezó como un intento de respuesta para Breath, pero ha acabado degenerando, como todas las cosas de mi vida, en general. Pero no quería desperdiciar la ocasión para agradecer con todo mi corazón que tengáis fe en mí como en el telegrama que promete un "desaparecido en combate" pero no menciona la muerte. Espero que no os decepcionéis (más aún, si cabe) y siento teneros tan descuidados.
No he dejado de leer ni una de vuestras entradas. Quizá me faltan las fuerzas para afrontar que puedo ver y solo me hago la ciega.
Me curáis de miserias. Sois geniales.

siempre vuestra más que mía,
muesli.

lunes, 3 de febrero de 2014

La magia cuando se hace carne en tu sonrisa.

Le escribiría celoso a cada uno de los besos que dejas en la taza de café.

Las tardes de invierno solían ser íntimas. Salíamos a tomar algo en cafeterías vacías; el frío que atrincheraba a la gente junto a la calefacción. Ibas preciosa aunque diluviase o el viento despeinara cada uno de tus rizos, y no había nada que te gustase más que salir fuera a dar una vuelta. En mis días preferidos te olvidabas el paraguas y siempre acababas pidiendo entre risas que corriera hacia cualquier portal, agarrada a mi brazo. Quizá por eso eran mis días preferidos.

Otras veces fumabas, con la mirada perdida en otro sitio. Y no te encontraba (me moría de miedo). Pero siempre regresabas; sacudías la cabeza y te volvías hacia a mí con una sonrisa, como si nunca hubiese existido ese momento. Como si todo se hubiera pausado (incluyendo mi corazón) y nada se hubiera alterado en el universo.

Me dabas el aire y la vida. Y eras consciente de que te veía descubriendo cada destello de esa luz que tenías. Te miraba como se mira el arte, entre fascinación y recelo; porque los versos finales de los poemas pueden crear o destruir, y tú no habías dicho la última palabra. Enmudecías la música con tu voz. Y me enmudecías a mí. Contabas tus anécdotas y reías. Y yo reía contigo. Pero solo se escuchaba silencio fuera. Todo era silencio si no era tu voz. Tenías esa magia con la que todo perdía el protagonismo hasta hacerse ruido blanco y solo sonaba tu sonrisa hecha música. 
Pero eras una sorpresa constante, de esas que me enganchan. Como la más dura de las drogas. Que más que destructiva, es poética. Que más que la pena, vale la vida. La que me dabas cada vez que me dejabas sentir en tus ojos la verdad sin saber describirla.

Y yo no sabía qué era el amor. Pero me moría de celos cuando besabas la taza de café... y no mi piel.