domingo, 7 de julio de 2013

Verano.

Llovía. 
Fuera se condensaba el frío y empezaban a empañarse los cristales. Estaban frente a las puertas que daban al jardín, junto a la calefacción, observando las gotas caer y deslizarse en las hojas de las plantas. Se abrazaban desnudos, sentados sobre la moqueta. No había palabras y se lo decían todo. Afirmaban el cariño en las caricias que se regalaban, densas e imperceptibles como el aire que los arrullaba. Solo existía el roce de la piel, suave, tibia. 
Su aliento cálido la abrazó por el cuello como un collar de calma. Respiraban en silencio. La paz que los protegía era indestructible y, sin embargo, delicada. Como los diamantes del anillo que descansaba custodiado en su cajita de terciopelo azul junto a la botella de vino, en la mesilla. Como el vínculo que los unía. 
Se palpaban con los labios. Él la besaba por el hombro y ella suspiraba agradecida, buscando su cuello y su sonrisa. 
Era domingo y llovía. 
Ellos seguían abrazados.

1 comentario:

  1. Precioso texto, como siempre.

    Es cierto que a veces sobran las palabras. Una imagen fija, un susurro, una sonrisa, un rubor... y se sabe todo.

    Grandísima entrada. Sigue como hasta ahora <3

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