martes, 30 de julio de 2013

Vida en usufructo.

Quiero que me cubran
con la tierra,
ser el yantar de los gusanos,
devolver la vida
que me han prestado.
 
quiero que de mí nazca un árbol que alimente
y ser alimento;
que mi cuerpo deje su legado;
alimentar a mis hijos,
con los frutos que he tomado.
 
No quiero que aislen la muerte
de la vida,
en cajas de castaño;
no quiero que incendien los recuerdos
y los guarden, olvidados.

jueves, 18 de julio de 2013

Hematomas.

Los versos te ausentan esta noche. Recitas y recitas y tus labios se dejan los besos por la poesía gris, ausente. Hermosa y distante; como las manos que me abrazaron; que me protegieron de esta soledad que me infecta la sangre, y duele, y pesa. Esta soledad que me hace débil; que se enquista en la carne y la amorata bajo los golpes de tus puños cerrados, de tu cuerpo contra el mío; que tatúa la muerte en mi piel y llena de nostalgia.
Te echo de menos, pero ya no me quieres. Lo sé cuando me gritas tu poesía gris; cuando me miras y solo ves a una cualquiera en tu cama.
Ya no me quieres. Pero me engañas, casi te creo cuando vuelves a buscarme, cuando acaricias el amor coagulado entre miedo y fascinación, ante tu mirada fiera, en los recovecos donde se esconde el alma. El placer cálido de tu cariño me embriaga y me seduce a lo terrible de tus promesas hasta volverme esclava de la mentira de tu amor.

(pero no dejo de tenerte miedo).

domingo, 7 de julio de 2013

Verano.

Llovía. 
Fuera se condensaba el frío y empezaban a empañarse los cristales. Estaban frente a las puertas que daban al jardín, junto a la calefacción, observando las gotas caer y deslizarse en las hojas de las plantas. Se abrazaban desnudos, sentados sobre la moqueta. No había palabras y se lo decían todo. Afirmaban el cariño en las caricias que se regalaban, densas e imperceptibles como el aire que los arrullaba. Solo existía el roce de la piel, suave, tibia. 
Su aliento cálido la abrazó por el cuello como un collar de calma. Respiraban en silencio. La paz que los protegía era indestructible y, sin embargo, delicada. Como los diamantes del anillo que descansaba custodiado en su cajita de terciopelo azul junto a la botella de vino, en la mesilla. Como el vínculo que los unía. 
Se palpaban con los labios. Él la besaba por el hombro y ella suspiraba agradecida, buscando su cuello y su sonrisa. 
Era domingo y llovía. 
Ellos seguían abrazados.