lunes, 13 de mayo de 2013

Las rosas por las balas.

La niña dormía sin prisa con la cara escondida entre unas manos que reposaban como inertes sobre la almohada. El cuerpo destapado, sin pudor ni recelo. Los dedos ajenos se deslizaban por su vientre fértil y joven como se deslizaba la primera luz entre los resquicios de la persiana gastada; sigilosos, a hurtadillas. El muchacho sonreía de la misma forma en la que se curvaba aquel cuerpo femenino, imposible. El placer adormecía las piernas y pedía a ese verano que los dejase estar más cerca; soñando con el roce de la piel de terciopelo mientras se palpa. 

El muchacho sonreía, sí. Y se preguntaba, siempre con miedo, si habría paz en la Polonia de ese 43, si sobrevivirían a mañana. La constante alerta rezaba por la incertidumbre en el abrazo y el cariño. La metralleta junto a la puerta juraba venganza y furia luchadora, defensora de la patria y de la vida. Pero su sueño, su respirar tranquilo y ajeno a la guerra prometía paz y vida. Y yo creía. Creí hasta que no pudo volver a mirarme ese verano del 43.

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