martes, 14 de mayo de 2013

Harakiri.

En las sábanas quedaba la sombra de su perfume y, vagamente, la forma de su cuerpo. Y yo. También estaba yo. Con las lágrimas en los ojos a punto de romper como se rompe el vidrio.
-Júrame, júrame que no te has ido. O me muero. 
O me muero, susurré...

Recuerdo que me temblaban los labios. Como a una niña. Porque me sabía sola; y porque su ausencia me arrancaba las entrañas.
Recuerdo que me temblaban los labios pero que no tenía fuerzas ni para morirme. Dolía fuerte como duelen esas cosas, por oscuridad, por la oquedad profunda que dejan en ese pecho que hubiera gritado con la fuerza de mar contra la tierra. Y en entonces, ya no podía siquiera respirar. Me faltaba el aire. Y la vida. 
Sentí de repente que llevaba sola veinte años que parecían veinte siglos. Que a su lado, mis veinte años podría haberlos confundido con veinte segundos en sus brazos.
Lo tenía todo. Lo tenía todo. Y súbitamente, nada. El eco lejano. El impacto, tan desconcertante, que paraliza. Pensé que ya no podría vivir un segundo más.

Recuerdo que me temblaban los labios y el espejo roto entre mis manos. Pero entonces no tenía fuerzas para morirme.

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