lunes, 27 de mayo de 2013

Lejos.

en la carne
la metralla
allí donde no mata
en la oquedad
estratega
doliente
(como tú)
en el corazón
las palabras
donde la muerte no alcanza el órgano
maldiciente suspiro
distante
hiriente

lunes, 20 de mayo de 2013

Precuela.

Sollozaba. El frío arañaba los cristales y sus lágrimas se derramaban tibias sobre las mejillas heladas. Pero solo se oía la lluvia. Y sus suspiros largos cuando el dolor se decidía, por un segundo, a darle tregua.

Última noche de noviembre. Aquel día no habría abrazo ni consuelo. Solo cicatrices y golpes. Y daño. Y mentira.
Se pasó la vida fumando, esperando a que volviera. Apagando los cigarros en el borde del cenicero. Con la cena puesta. Con las rosas salvajes esclavizadas en el jarrón. Con las velas condenadas a extinguirse. Con el vino descorchado. Con el hambre, la esperanza cansada.
Se pasó la vida casi desnuda en el sillón. Con la historia a medio leer encima de la mesa. Con la piel erizada.
Sin embargo, sabía que pasaría. Sabía que no volvería. Pero no quiso dejar de esperar. Ni apagar las velas. Solo quiso gastar la vida esa última noche de noviembre. Hasta que doliese. Hasta romper el reflejo, sentir cómo la abrazaba el silencio de la ausencia y, al fin, morir, sin perder el pulso.

sábado, 18 de mayo de 2013

Allí "donde el olvido" no vence a la memoria.


Juan Antonio, se te echa de menos.


martes, 14 de mayo de 2013

Harakiri.

En las sábanas quedaba la sombra de su perfume y, vagamente, la forma de su cuerpo. Y yo. También estaba yo. Con las lágrimas en los ojos a punto de romper como se rompe el vidrio.
-Júrame, júrame que no te has ido. O me muero. 
O me muero, susurré...

Recuerdo que me temblaban los labios. Como a una niña. Porque me sabía sola; y porque su ausencia me arrancaba las entrañas.
Recuerdo que me temblaban los labios pero que no tenía fuerzas ni para morirme. Dolía fuerte como duelen esas cosas, por oscuridad, por la oquedad profunda que dejan en ese pecho que hubiera gritado con la fuerza de mar contra la tierra. Y en entonces, ya no podía siquiera respirar. Me faltaba el aire. Y la vida. 
Sentí de repente que llevaba sola veinte años que parecían veinte siglos. Que a su lado, mis veinte años podría haberlos confundido con veinte segundos en sus brazos.
Lo tenía todo. Lo tenía todo. Y súbitamente, nada. El eco lejano. El impacto, tan desconcertante, que paraliza. Pensé que ya no podría vivir un segundo más.

Recuerdo que me temblaban los labios y el espejo roto entre mis manos. Pero entonces no tenía fuerzas para morirme.

lunes, 13 de mayo de 2013

Las rosas por las balas.

La niña dormía sin prisa con la cara escondida entre unas manos que reposaban como inertes sobre la almohada. El cuerpo destapado, sin pudor ni recelo. Los dedos ajenos se deslizaban por su vientre fértil y joven como se deslizaba la primera luz entre los resquicios de la persiana gastada; sigilosos, a hurtadillas. El muchacho sonreía de la misma forma en la que se curvaba aquel cuerpo femenino, imposible. El placer adormecía las piernas y pedía a ese verano que los dejase estar más cerca; soñando con el roce de la piel de terciopelo mientras se palpa. 

El muchacho sonreía, sí. Y se preguntaba, siempre con miedo, si habría paz en la Polonia de ese 43, si sobrevivirían a mañana. La constante alerta rezaba por la incertidumbre en el abrazo y el cariño. La metralleta junto a la puerta juraba venganza y furia luchadora, defensora de la patria y de la vida. Pero su sueño, su respirar tranquilo y ajeno a la guerra prometía paz y vida. Y yo creía. Creí hasta que no pudo volver a mirarme ese verano del 43.