miércoles, 9 de enero de 2013

Harapos de otoño.

Quiere volver a la eternidad de las sábanas que se enroscan, que se envuelven, que se estiran, que cubren por completo y nunca, nunca parecen acabarse. Volver a los chistes a oscuras, a las risas, a las miradas, a las caricias más cercanas al alma que a la piel. Quiere volver.

Con la taza de café que humea aún, que se deja la esencia y el aroma en caldear una habitación que ya no caldea corazones, se sienta en la silla que está junto a la cama. Duda si mirar los libros de la mesilla o mirarla. Duerme. Siempre vulnerable, expuesta a la ignorancia de lo que sucede en el mundo que gira en lo que ella gira en la cama.
Le duele. Ella le duele. Pero no le disgusta. Es la herida por la que se siente orgullo. La que será cicatriz perpetua, imborrable; tatuaje del desencanto y el dolor por lo que nos separa de lo que un día fue.

Nos ha alcanzado la distancia, Marina -susurra-. Demasiado cerca hemos estado como para no querer marcharnos.
Se pausa. Se le desencuentra la mirada en un sitio perdido entre los resquicios de la sala. No existe el tiempo. Pero se despierta del sueño -del recuerdo- y prosigue:
Hace un frío que hiela los huesos hoy. Voy a bajar a despedirme de la ciudad. Quizá me esté un rato la plaza, no te asustes si tardo (ni me olvides, por favor).

Levanta la pluma, y firma. O se despide. Nunca supo bien lo que hacía.