miércoles, 26 de diciembre de 2012

Carta a Cuba.

Mares y mares de sal. Esta vez nos escuecen las heridas más que los kilómetros.
El mismo océano nos lame los pies descalzos en la orilla de la tierra, ola tras ola manda saludos con faltas de ortografía, y lejos, una caracola se enrosca en su frecuencia marina. Un pelícano hace de cartero y nos guarda, cauto, todos los recuerdos. Mensajes en botella.
Querida Marina, te echo de menos. Esta ciudad vacía del perfume dulzón de tu piel impregnada de bajamar deja de ser bonita en tu ausencia. Qué lejos me queda el revoltijo de tus sábanas, tu pelo desparramado como un gato holgazán sobre la almohada y tu cuerpecillo hecho un ovillo. Aquellos días, el olor de los libros inundaba la habitación, apropiándose del descontrol y la pasión por consumir historias.

Y qué es mi cama lejos de ti, Marina. Un catre soldado del sopor y amén de la soledad. Ya no hay sueños en las mariposas salvo ansias de que vuelvas si no estás. Porque no las observas. Pierden el entusiasmo con el que las acariciaban tus miradas y sus alitas lucen menos que cuando apareces por aquí.
Qué vacío siento este verano que me faltas, Marina.

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