lunes, 31 de diciembre de 2012

2012

gracias, no tengo más que escribirte
adiós, adiós
has sido el fracaso, la soledad,
el desastre,
los reencuentros (descrubrimientos)
y el preludio mejor



más más que menos, y agridulce te brindo con el sabor del licor
adiós, adiós

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Carta a Cuba.

Mares y mares de sal. Esta vez nos escuecen las heridas más que los kilómetros.
El mismo océano nos lame los pies descalzos en la orilla de la tierra, ola tras ola manda saludos con faltas de ortografía, y lejos, una caracola se enrosca en su frecuencia marina. Un pelícano hace de cartero y nos guarda, cauto, todos los recuerdos. Mensajes en botella.
Querida Marina, te echo de menos. Esta ciudad vacía del perfume dulzón de tu piel impregnada de bajamar deja de ser bonita en tu ausencia. Qué lejos me queda el revoltijo de tus sábanas, tu pelo desparramado como un gato holgazán sobre la almohada y tu cuerpecillo hecho un ovillo. Aquellos días, el olor de los libros inundaba la habitación, apropiándose del descontrol y la pasión por consumir historias.

Y qué es mi cama lejos de ti, Marina. Un catre soldado del sopor y amén de la soledad. Ya no hay sueños en las mariposas salvo ansias de que vuelvas si no estás. Porque no las observas. Pierden el entusiasmo con el que las acariciaban tus miradas y sus alitas lucen menos que cuando apareces por aquí.
Qué vacío siento este verano que me faltas, Marina.

martes, 25 de diciembre de 2012

La espuma se encabrita.

Has dejado de llover, cielito lejano. Han dejado de llover tus ojos azules, y sin embargo, lo has inundado todo. De agua, de sal. Todo ha quedado empapadito de tu tristeza.
Y tantos navegan en tus recuerdos... Tantos se pierden; a tantos se les rompe el corazón y los barcos con tus tormentas, con los truenos, con la rabia y las lágrimas de desamparo; tantos... Tantos son, cielo libre, que tengo miedo.

martes, 11 de diciembre de 2012

El deterioro de los relojes.

De soledad y tristezas. De eso hablaba de niña; qué decía más que sonrisas huecas y qué ocultaba más que carencias en sus ojitos huidizos. Sí, de soledad y tristezas hablaba la niña.

Recuerdo que no quería mirarte, no desde la nube que le empapaba la vista e impedía encontrar las formas finas de tu rostro, tan parecido al suyo. Por eso no te miraba. No por vergüenza, ni por miedo. No te miraba porque te amaba como sólo se ama a lo que no ha tenido oportunidad de hacernos felices y en su defecto sólo ha podido hacernos esclavos. Así te amaba. Con sumisión y entrega, con todo lo que era y no le permitías ser. Te amaba con el dolor del alma y el dolor del cuerpo, con la pasión y el desánimo. Te amaba tanto como (des)componen el arte y la vida los versos finales de los poemas. Así  te amaba, desde la muerte que palpitaba tan cercana en su corazón abatido, precario, desgastado, caduco.
Cómo la lastimaba amarte de esa forma en la que tú no supiste dejar que te amara. Lo recuerdo.

Y ahora tú, lloras, con los ojos huidizos, infectados de soledad y tristezas.  Porque, oh, cómo la amas; como te amaba ella, con sumisión y entrega, con el dolor del alma.
Pero dime de qué te sirve, ¿eh? de qué te sirve, de qué le sirve ahora que está muerta.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Diciem(breve)

Tus dedos parecen primavera en sus cachetes, cuando te deslizas por su carita y le coges con cariño la barbilla; y se derrite. El frío maltrata la piel pero se presenta secundario, parte del atrezo, y solo existes tú en sus ojos descalzos. Sus labios parecen que van a romper a hablar, a confesarse sin remedio, sin remordimientos y sin reparo.
Y todo es mentira, todo es miseria. Sus uñas como garras atrapan tu cuerpo y no te quieren dejar escapar, pero de ti solo queda lo mortal. El alma se te evapora y se convierte en una nube que llueve, fuerte, triste, distante.
Y sé cómo sufre; como sufro yo.
Qué pecado es la vida y qué pecado es quererte, entre tanto silencio y tanto temblor, entre tantos juegos de miradas que no saben adónde apuntar, si al recuerdo lejano o a lo patente en tu hipnótica sonrisa. 

Y ella... parece tan magnífica que jamás podrá alcanzarte, aunque supongo que en esta terraza también yo no soy más que una pieza del decorado.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Hu(eco)s.

Siempre parecía lejos. La muchacha tocaba el violín, envolvía la habitación con su melodía y hacía vibrar al atril, sobrecogido, con apenas fuerzas para sostener las partituras con éxito. Y él la miraba, desde el marco de la puerta. Disfrutaba de su figura y de sus dedos ágiles, de los bailes del arco sobre las cuerdas, e intentaba intuir el tatuaje de los calado en f que marcaban su espalda, retando a su imaginación y retando también a la atemporal atmósfera que dominaba la sala con las desbocadas emociones que estaban de piel hacia adentro y tenían sed de conquistar el hombro descubierto de la artista.

Las horas se deshacían en minutos, los minutos eran eternos, el reloj de arena no paraba de girar y el tiempo perdía su sentido. Flotaba ingrávido un perfume de paz.

La muñeca ralentizaba sus gestos, conseguía un sonido decadente y culminaba con la sensación que deja idear el haber destruido el paraíso. Entonces, y solo entonces, levantaba la vista y giraba la cabeza hacia sus ojos; esperando un mínimo atisbo de aprobación, de emoción o de cariño. Pero solo se distinguía en su rostro una sonrisa fría que había sido despertada más por la suculenta idea de su cuerpo desnudo que por la conmovedora actuación privada. Su mirada se volvía de vidrio. Con la parsimonia que viene dada por el anhelo de preservar un momento efímero y hermoso, recogía los papeles y guardaba el instrumento. Ya solo quedaba condenar el tiempo de esas tardes a degustar con un poco de dolor los recorridos de las gotas de sangre en sus caderas. Lo tan placentero otros días se volvía secundario frente a los pálpitos marchitos de un corazón que buscaba la cercanía de otro en el disfrute de la música.
Los besos y los mordiscos le erizaban la piel. Sus manos la recorrían, se deslizaba por los puntos cardinales del placer. Se estremecía y temblaba; pedía más y más se acercaba. Los poros se abrían al calor que se pega de cuerpo a cuerpo. Y enfermaban. Se contagiaban de lujuria y de intensidad; el rencor, el odio estaba a punto de quemarlos y ellos insistían en quererse.
Después, ella lloraba; él la abrazaba con gusto y con fuerza en la cama y decía que los agudos de hoy habían sido preciosos. Ella desconocía si se refería a los gemidos o a las notas y volvía a sentirse sola. Lo quería y, sin embargo, no podía evitar desear su muerte. Él pedía a gritos una bofetada y su ninfa sólo alcanzaba a agazaparse en un rincón a sufrir por sus carencias.

Cuando se quedaba dormido y ella terminaba de llorar, salía al balcón, miraba el verde húmedo del musgo y se preguntaba dónde había extraviado el alma. Tristemente, el viento no sabe advertir en el idioma de los hombres y sólo podía estremecerse con la brisa que hacía parpadear sus ojos grises.