sábado, 1 de diciembre de 2012

Hu(eco)s.

Siempre parecía lejos. La muchacha tocaba el violín, envolvía la habitación con su melodía y hacía vibrar al atril, sobrecogido, con apenas fuerzas para sostener las partituras con éxito. Y él la miraba, desde el marco de la puerta. Disfrutaba de su figura y de sus dedos ágiles, de los bailes del arco sobre las cuerdas, e intentaba intuir el tatuaje de los calado en f que marcaban su espalda, retando a su imaginación y retando también a la atemporal atmósfera que dominaba la sala con las desbocadas emociones que estaban de piel hacia adentro y tenían sed de conquistar el hombro descubierto de la artista.

Las horas se deshacían en minutos, los minutos eran eternos, el reloj de arena no paraba de girar y el tiempo perdía su sentido. Flotaba ingrávido un perfume de paz.

La muñeca ralentizaba sus gestos, conseguía un sonido decadente y culminaba con la sensación que deja idear el haber destruido el paraíso. Entonces, y solo entonces, levantaba la vista y giraba la cabeza hacia sus ojos; esperando un mínimo atisbo de aprobación, de emoción o de cariño. Pero solo se distinguía en su rostro una sonrisa fría que había sido despertada más por la suculenta idea de su cuerpo desnudo que por la conmovedora actuación privada. Su mirada se volvía de vidrio. Con la parsimonia que viene dada por el anhelo de preservar un momento efímero y hermoso, recogía los papeles y guardaba el instrumento. Ya solo quedaba condenar el tiempo de esas tardes a degustar con un poco de dolor los recorridos de las gotas de sangre en sus caderas. Lo tan placentero otros días se volvía secundario frente a los pálpitos marchitos de un corazón que buscaba la cercanía de otro en el disfrute de la música.
Los besos y los mordiscos le erizaban la piel. Sus manos la recorrían, se deslizaba por los puntos cardinales del placer. Se estremecía y temblaba; pedía más y más se acercaba. Los poros se abrían al calor que se pega de cuerpo a cuerpo. Y enfermaban. Se contagiaban de lujuria y de intensidad; el rencor, el odio estaba a punto de quemarlos y ellos insistían en quererse.
Después, ella lloraba; él la abrazaba con gusto y con fuerza en la cama y decía que los agudos de hoy habían sido preciosos. Ella desconocía si se refería a los gemidos o a las notas y volvía a sentirse sola. Lo quería y, sin embargo, no podía evitar desear su muerte. Él pedía a gritos una bofetada y su ninfa sólo alcanzaba a agazaparse en un rincón a sufrir por sus carencias.

Cuando se quedaba dormido y ella terminaba de llorar, salía al balcón, miraba el verde húmedo del musgo y se preguntaba dónde había extraviado el alma. Tristemente, el viento no sabe advertir en el idioma de los hombres y sólo podía estremecerse con la brisa que hacía parpadear sus ojos grises.

3 comentarios:

  1. Precioso. Siempre he dicho que tu blog era bonito, pues ahora te digo que todo lo que escribes es terriblemente genial. Es increible de verdad, te expresas genial y me gusta mucho la entrada.

    Mucha suerte con todo y cuídate <3

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  2. Cómo había podido perderme esto? Absolutamente delicioso.

    Un beso enorme.

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