jueves, 8 de noviembre de 2012

Grandes esperanzas.

Érase una vez una niña, pequeña, sencilla, dulce. Tenía la sonrisa más bonita que podrías imaginarte y sin embargo, siempre se leía en sus ojos el sabor de la tristeza. Tenía las mejillas manchadas del color de la guerra y el alma ensuciada con el humo de las bombas, con las minas, con la sangre del inocente. Siempre se escondía en las ruinas de las casas y jugaba descalza y magullada mientras encontraba en todas partes a la madre que siempre la cuidó y al padre que tuvo que aceptar un destino que nunca hubiera sido el suyo de tener que decidir.

A la niñita le gustaban las canciones, silbaba entre los escombros y bailaba, aunque cada vez menos porque empezaba a tener hambre y un poquito de cansancio. Sin embargo, quién sabe cómo sus pies chiquitos la llevaron entre coreografías y descuidos a la trinchera de los otros.
Los vio de lejos, y aun así pudo descifrar en sus ojos el odio impuesto, el resentimiento, la pesadumbre de luchar por una causa que no se busca.
Pero ellos también la vieron. Entonces, ella se asustó. Se asustó de sus miradas frías, de que se sabían perdidos y no querían encontrarse. Creyó que también querían perderla a ella y corrió. Corrió tan pocos metros como las rodillas la dejaron y resbaló. Su vestido embarrado voló por un momento y se manchó por el carmín de las heridas.
Se acurrucó en sí misma y sus pupilas se hicieron de vidrio, su corazón se sentía atrapado en un cuerpecillo que no respondía y se aceleraba al ver a un hombre armado con casco y fusil que se acercaba andando fuerte, con sus botas duras, todos los destrozos que secaron la vida y el campo. Sin embargo, su iris brillaba entre la cara manchada a surcos negros. Su iris brillaba como no brillaba en los hombres a los que vio y sus lágrimas tintadas de tierra se secaron de repente, ajenas a todo miedo.
Él se agachó junto a la niña, dejó el arma y cogió su carita entre los dedos toscos con una ternura indescifrable... y la abrazó sin más. Como la última razón y la última esperanza que quedara para querer seguir pisando el mundo.

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