jueves, 27 de septiembre de 2012

Lo romántico de lo impar.

Sé que hace frío y que no quieres que te abrace, que nuestros recuerdos ya pasaron y ahora no podemos ni tocarnos, ni olernos, casi ni mirarnos. 
Te has dado cuenta ya de cómo te huyen mis pupilas, tan grandes, tan brillantes y tan a punto de llorar que parece felicidad en estos labios siempre curvos. Pero, si de verdad me conocieras... si de verdad lo hicieras sabrías que se queda en tristeza bonita, en nostalgia como la conoces tú, en simples ganas de que te enrosques en mi pelo, en mi ropa y en mi corazón.
Pero sólo sonará: ¿qué tal te va? Y no te imaginarás cómo me revienta el alma en el pecho, cómo se me eriza la piel cuando dices que muy bien, que no pasa nada, que qué tal yo, y esperas la respuesta que no me afirma cuando te vas, cuando te pierdes entre la gente y desapareces en la estación.
Tendríamos que vernos más a menudo, ¿no crees? 
Pero cuando hablas no me traes a la Tierra, me llevas a los cielos. Qué voz, tu voz. No parece que haya pasado tanto tiempo como para ponerte tan guapo, tan dulce, tan irresistible. Entonces la llamas a ella y sonríes. Qué sonrisa, tu sonrisa, cuando aparece y desaparezco yo.
¡Hasta luego! (siempre te he echado de menos, quise decir mientras corría yo, la chica que se sujeta el sombrero).

Se congela una lágrima en mi mejilla después de despedirme casi riendo con la boca grande, casi secándome los ojos con la suerte que apremia su marcha cuanto más me alejo de ti. 

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