jueves, 16 de agosto de 2012

Pide auxulio.

Mírala. Lleva tres días llorando cuando vuelve a casa. Ya no se maquilla para salir, ya no le dan ganas de arreglarse el pelo y tampoco le apetece sonreír. Se siente un fracaso y no tiene ganas de vivir. Sin más, entra en el dormitorio, tira el bolso, procura ponerse el pijama sin tocar su piel y se va a dormir. No habla. No come. 
La situación llega a ser hasta macabra. 
Sin embargo hoy, algo arde en la habitación. Lo siento en vapor que sale de sus bocas, en el sudor que corre por sus nucas, intentando sofocarlos.
Míralos. Míralos besarse, ansiarse con las caderas entre las piernas de mi niña, contra el armario. Mira cómo le quita la camiseta, mira qué tetas tiene. 

Cariño, ¿de verdad crees que le gustas? Tus sueños pesan más que tú. 
"Déjame tranquila", piensa. 

Y responde desabrochándole los pantalones, la camisa. Cómo juegan sus dedos mientras tratan de descalzarse a tientas, con las lenguas juntas. Se desliza por su vientre y la toca en la cintura, se cuela por sus shorts. 

Oye, mete esa barriga no se vaya a disgustar. Que yo te voy a querer siempre, pero él...
"Calla ya". 

Pero, oh, cómo le tiemblan los pensamientos cuando la tira en la cama. No para de tocarle las piernas.

Cada vez se acerca más a tus muslos, gorda. Como los descubra se va a asquear.

La come el silencio y llora. Y me río. Ella es míamíamía y nadie va a robármela jamás. Ni siquiera tú.

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