martes, 14 de agosto de 2012

Pesadillas (III)

Y entonces pienso que estamos condenados a acercarnos demasiado sin llegar a tocarnos, nunca.

Pareces una sirena. Belleza letal en el agua; desnuda, nívea, inalcanzable. Tu expresión siempre azucarada. Pareces invencible con la muerte amenazando en tus heridas y en los moratones de tus piernas, con las cicatrices decorando tu piel. Sentado, con los pies descalzos pendiendo del muelle, te observo. Y entonces pienso que aunque te domine, jamás serás mía.

Nadas hacia aquí cuando mis dedos rozan la superficie del agua. Levanto la mirada y te veo con los ojos incrustados en mí. Y por un momento, detesto la idea de que no seas débil nunca más. Agarras mi brazo, te apoyas en mi rodilla con ayuda del otro y te saco del lago. Te sientas en mí con las piernas abiertas y la mano agarrándome la nuca, con gotas en los labios y humedeciendo mi ropa. Y me besas.
Pero no quiero follarte, no.
Y lo odio. Pero no por odio, sino por miedo. Miedo a ser tuyo para siempre y desaparecer.

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