viernes, 3 de agosto de 2012

Crisis de ausencia.

La ciudad calla. Sus murmullos han ido desapareciendo suavemente pero yo me he quedado aquí. El gris nos domina. Escucho una gota que es implosión en mi mejilla y retumba como un trueno en mi cabeza. Me he olvidado de si sigo siendo yo o si soy algo paseándose dentro de mí a punto de rasgarme los pulmones. 
Se me corta la respiración y tengo miedo. 
Mi boca calla. Soy incapaz de hacer un solo gesto; ni mis ojos quieren cerrarse y disfrutar de la oscuridad que me consume. Pero estoy igual de ciega. La decadencia me destruye hasta lo inevitable. La angustia, la incertidumbre me oprime, me coarta. Me falla el cuerpo, y caigo exánime sobre el suelo. La ciudad no me habla. Y me siento vulnerable una vez más.
Me rodea la calma, inquietante, alarmante. Conozco la catástrofe a la que precede...
Y entonces, despierto.

Doble parpadeo y vislumbro la claridad inmaculada, las paredes blancas y la gigante ventana donde las nubes me amenazan con lanzarme la luz que me llevará con Dios. La enfermera susurra en el pasillo pero no la entiendo. Me levanto débil y le sonrío cuando me mira.

Su cara es la hipérbole de la desesperación. Me entristezco y agacho la cabeza. Las brillantes baldosas ya no son blancas.
¿Sangre?
Mi sangre. Mi cuerpo. Y su cuerpo. ¿Doctor?

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