viernes, 17 de agosto de 2012

Correspondencia.

Ella entra en la sala y encima de su mesa ve un sobre blanco. Curiosa, se acerca y lee la cuidada caligrafía que describe, simplemente: 

A Zenobia 

Gira la carta extrañada y descubre que no hay escrito remitente. Entonces, la abre y comienza a leer. 

Echo de menos los viajes, amarte, y a todas las estrellas que veíamos desde el telescopio que te habías montado en la azotea. Las noches eran inmensas en tus pupilas, eternamente entre brillos de entusiasmos que contagiabas como si fuesen purpurina. Siempre sonreías, con esos luceros verdes tuyos que me inundaban de primavera y me invitaban a bailar. Siempre sonreías. Sólo se veían serenos tus labios cuando estabas allí, en medio de la sala para un público privado que disfrutaba intentando asemejar los colores del óleo a los de tu cuerpo. Sólo entonces parecían silenciados por un beso pequeño, entreabiertos, pidiendo más aire porque te habías quedado sin aliento entre el pudor y el miedo a esas retinas que te devoraban en lo perdido de tus muslos. 
Mi dulce niña. Tú, tan pequeñita, me provocabas unas colosales ganas de proteger tu corazón del frío de sus almas en invierno, de sus miradas glaciales, de sus palabras de hielo. Tú, de mejillas cálidas, de inocencia y de fragilidad; tú, tan pequeñita a pesar de tus largas piernas, me hacías vulnerable al ritmo de tu mundo, me sometías sin quererlo y todo se pausaba. Entonces, el Sol se decoloraba, perdía el protagonismo y engrandecía los brillos de tu boca rosada y húmeda. 
Hazme el amor, pedía en silencio, que no parecerá sexo sino arte. Entonces, me mirabas casi adivinando lo que mis ojos te rogaban, reías divertida y yo sucumbía a la sinuosidad de tu caminar. 
Es curioso que continuamente caiga en la lujuria, que le escriba poemas a tu cuerpo, que siempre mencione lo perfecto de tu piel. Pero dime, ¿cómo describes tú la magia? Porque para mí, la magia es lo que entiendo en todo lo que haces; en que te encierres en un libro en los descansos, cuando parece que la muchedumbre se revoluciona y no se puede oír siquiera lo que se piensa, pero tú estás allí, sentada contigo en un banco cualquiera, ajena a la prisa. Magia es que muevas la cabeza entusiasmada mientras escuchas música, mientras paseas al ritmo de los bajos y baila algo dentro de ti que te hace parecer tan feliz... Magia es el encanto de las historias de las cicatrices de tu piel, de tus lunares de mapa estelar, de tus pecas claritas. Magia es la lírica que desprendes cuando hablas. Magia es tu forma de comer, el vuelo de tus vestidos, el que corras sujetándote el sombrero por la calle, el que parezca que descubres lo que planeo y luego te hagas la sorprendida cuando te lo hago saber, el que se pueda leer en tus ojos con una limpieza que desconozco, el que siempre parezca que disfrutas. 
Magia es lo que hay dentro de ti, Zenobia.
No descubras nunca tus trucos, ni te dejes vencer por ilusionistas de tres al cuarto. 
Magia eres .

jueves, 16 de agosto de 2012

Pide auxulio.

Mírala. Lleva tres días llorando cuando vuelve a casa. Ya no se maquilla para salir, ya no le dan ganas de arreglarse el pelo y tampoco le apetece sonreír. Se siente un fracaso y no tiene ganas de vivir. Sin más, entra en el dormitorio, tira el bolso, procura ponerse el pijama sin tocar su piel y se va a dormir. No habla. No come. 
La situación llega a ser hasta macabra. 
Sin embargo hoy, algo arde en la habitación. Lo siento en vapor que sale de sus bocas, en el sudor que corre por sus nucas, intentando sofocarlos.
Míralos. Míralos besarse, ansiarse con las caderas entre las piernas de mi niña, contra el armario. Mira cómo le quita la camiseta, mira qué tetas tiene. 

Cariño, ¿de verdad crees que le gustas? Tus sueños pesan más que tú. 
"Déjame tranquila", piensa. 

Y responde desabrochándole los pantalones, la camisa. Cómo juegan sus dedos mientras tratan de descalzarse a tientas, con las lenguas juntas. Se desliza por su vientre y la toca en la cintura, se cuela por sus shorts. 

Oye, mete esa barriga no se vaya a disgustar. Que yo te voy a querer siempre, pero él...
"Calla ya". 

Pero, oh, cómo le tiemblan los pensamientos cuando la tira en la cama. No para de tocarle las piernas.

Cada vez se acerca más a tus muslos, gorda. Como los descubra se va a asquear.

La come el silencio y llora. Y me río. Ella es míamíamía y nadie va a robármela jamás. Ni siquiera tú.

miércoles, 15 de agosto de 2012

El cinismo os domina.

-¿Sabes, Dann? Es gracioso. Es gracioso que lo poco que he conseguido querer en mi vida desaparezca. Como desapareció él cuando llegaron mis problemas familiares y no era fuerte sola, como desapareció Jane, y Dave con ella, cuando no sabía controlar las lágrimas y como vas a desaparecer tú. Mejor es dejar a Rachel tranquilita, recuperándose de sus trastornos y volver cuando se le estabilice el cerebro. Porque Rachel es siempre tan gilipollas que se alegra de que la gente que le importa vuelva a su vida, aunque le fallen. Aunque la decepcionen, que son palabras mayores. Pero descuida. Se las apañará solita. Porque Rachel siempre sabe solucionarse todo solita. Siempre solita...

martes, 14 de agosto de 2012

Pesadillas (III)

Y entonces pienso que estamos condenados a acercarnos demasiado sin llegar a tocarnos, nunca.

Pareces una sirena. Belleza letal en el agua; desnuda, nívea, inalcanzable. Tu expresión siempre azucarada. Pareces invencible con la muerte amenazando en tus heridas y en los moratones de tus piernas, con las cicatrices decorando tu piel. Sentado, con los pies descalzos pendiendo del muelle, te observo. Y entonces pienso que aunque te domine, jamás serás mía.

Nadas hacia aquí cuando mis dedos rozan la superficie del agua. Levanto la mirada y te veo con los ojos incrustados en mí. Y por un momento, detesto la idea de que no seas débil nunca más. Agarras mi brazo, te apoyas en mi rodilla con ayuda del otro y te saco del lago. Te sientas en mí con las piernas abiertas y la mano agarrándome la nuca, con gotas en los labios y humedeciendo mi ropa. Y me besas.
Pero no quiero follarte, no.
Y lo odio. Pero no por odio, sino por miedo. Miedo a ser tuyo para siempre y desaparecer.

lunes, 13 de agosto de 2012

Desligada del olvido.

Estoy encerrada entre estas cuatro paredes de colorido desvaído por el tiempo y el polvo que le ha ganado terreno a mi infancia. Es mi cárcel de recuerdos; custodiada por un ejército de juguetes que me impiden escapar. Es mi rincón de sueños; habitado por peluches rellenos de billetes para aquella bici de paseo azul, para el verano en la ciudad. Es la cama vacía que aún huele dulce y me asusta, me aterra abandonar. 

Las cajas de cartón se apilaban tristes junto a la puerta y ella lo hacía sobre sus memorias en aquella habitación. La universidad se le encaprichaba emocionante pero temía no volver a vivir experiencias como las que allí había guardado 
hasta descubrirlas en los ojos de sus hijos.

lunes, 6 de agosto de 2012

(Nosotros)

Nosotros, que somos sicarios de la soledad, secuaces de las sonrisas, de la sinceridad; seres siempre siervos del sudor, de estos senos míos que son suyos en las sábanas o en el salón: sexo de sobremesa, surtido de sinestesias en el brazo del sillón. 
Nosotros, que somos el sexto sentido, el sabio que ha sido, un suave sonido, el sorprendente silbido que rompe el sigilo.
Nosotros, que somos el solsticio del sufrimiento, soldado y sargento, santo sacramento y el suspiro sediento de Nuestro Señor.
Nosotros, que somos sagaces secretos sepultados en silencios, la sentencia sufrida en secuencias de somnolencia, entre luchas por la supervivencia; sábados saturados de sienas y sepias, sinfonía de sirenas singular y siniestra. 
Nosotros, que somos souvenir de lo sucedido, sufragio y suicidio; de lo sereno, superlativo.
Nosotros, que somos, somos la s del plural, la s de nosotros.

viernes, 3 de agosto de 2012

Crisis de ausencia.

La ciudad calla. Sus murmullos han ido desapareciendo suavemente pero yo me he quedado aquí. El gris nos domina. Escucho una gota que es implosión en mi mejilla y retumba como un trueno en mi cabeza. Me he olvidado de si sigo siendo yo o si soy algo paseándose dentro de mí a punto de rasgarme los pulmones. 
Se me corta la respiración y tengo miedo. 
Mi boca calla. Soy incapaz de hacer un solo gesto; ni mis ojos quieren cerrarse y disfrutar de la oscuridad que me consume. Pero estoy igual de ciega. La decadencia me destruye hasta lo inevitable. La angustia, la incertidumbre me oprime, me coarta. Me falla el cuerpo, y caigo exánime sobre el suelo. La ciudad no me habla. Y me siento vulnerable una vez más.
Me rodea la calma, inquietante, alarmante. Conozco la catástrofe a la que precede...
Y entonces, despierto.

Doble parpadeo y vislumbro la claridad inmaculada, las paredes blancas y la gigante ventana donde las nubes me amenazan con lanzarme la luz que me llevará con Dios. La enfermera susurra en el pasillo pero no la entiendo. Me levanto débil y le sonrío cuando me mira.

Su cara es la hipérbole de la desesperación. Me entristezco y agacho la cabeza. Las brillantes baldosas ya no son blancas.
¿Sangre?
Mi sangre. Mi cuerpo. Y su cuerpo. ¿Doctor?

París.

Lo que nos asusta en realidad es saber que hay monstruos que también se esconden en nuestros armarios
y nos atacan en pijama;
y pervierten nuestras noches con pesadillas que vivimos despiertos.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Su definición de magia.

Eres la flor escarlata que amenaza con volverse de fuego a los ojos de la niña joven, cuando el sol ataca a medio día y amodorra a los gatos que campan a sus anchas en la azotea.
Eres la flor escarlata y la estrella pequeña que se esconde entre los intensos brillos de la noche, sencilla, libre, independiente, fiera. 
Dulce muchacho... Tu sonrisa se hace un hueco en la ilusión que brilla en sus pupilas como un espejo. Tus palabras le desordenan el flequillo y le revuelven el pelo como el airecillo que sopla veraniego cuando eres flor de fuego.
Y tus ojos... Tus ojos pierden a la niña joven en los recovecos de tus pestañas, encuentran a la dulce muchacha y prenden la pasión escarlata.
La noche se arroja sobre vosotros y trae consigo una feria de luces bajo la que estallar en debilidad, un juego de lazos tan complejo que cuando estéis lo suficientemente cerca para odiaros ya no podréis escapar de sus eternos encantos.

Esta es la tierra donde la Luna nunca duerme.

En la noche negra, es protagonista en tres actos hasta que muere gloriosa el día 28. Durante el día, es rival del Sol. Se regodea ante la luz y se llama así misma invencible, aunque a veces se entrevé un velo donde se esconde para dormir sin que nos demos cuenta.
No quiere conocer la derrota porque es muy poquita cosa. Y Sol lo sabe, por eso la deja estar allí; su enorme corazón rojo le dice que la cuide, aunque lo odie, aunque lo quiera. Porque Lunita es pequeña y aunque lo que quiera es cobijarse de luz, no tiene claro que hay focos que no son salidas sino trenes que nos persiguen.

Soledades edulcoradas.

Seguimos hablando del verano como si fuese septiembre. La distancia permanece lejos, sin encontrar un lugar en nuestros corazones cercanos y nos observa celosa.
los kilómetros nunca nos han torturado tanto      .
como el silencio.
Pero eso ella no lo sabe.
Es nuestro pequeño secreto escondido a voces. Quizá el ruido camufle nuestro miedo, la debilidad frente a los labios cerrados que reprimen un "ya no brilla(mos) igual" para estos ojos que se apagan.
Pero eso ella no lo sabe.
Ya no estamos, estás tú y estoy yo. Aquí; en tu mejilla -mi mano que se enlaza con tus dedos-. Vamos a rompernos; cuando nos rozamos, nuestros huesos astillados maltratan nuestra carne, tejen cicatrices. Aunque tal vez sobrevivamos hasta media noche con el hechizo, con los efectos de tu droga. Tal vez nos evada y el simple hecho de mimarnos deje de herirnos. Vamos a mentirnos intoxicarnos otra vez, donde no nos alcance la vista y podamos compartir la paz sin encontrar la verdad en estos ojos que se apagan.
hoy nos duele mirarnos.
Porque eso ella no lo sabe.
los kilómetros quieren curarnos tanto               .
como daño nos hace el silencio.

Lagunas de irrealidad.

Hace frío aquí... Nieva fuera. Ya no me cobija la buhardilla secreta ni las mantas, ni los chocolates, ni estos guantes tan bonitos que compramos en Copenhague.
Hace frío aquí -dice señalándose el pecho-. Anda, ven y atrápame en esta cama de noventa. Nos sobra espacio para ser dos y una batalla de cosquillas. Me vas a hacer falta cuando madrugue y huya a hurtadillas a leer uno de los libros apilados del salón. No quiero mirar la cama vacía y deshecha en los finales de los capítulos y en las escenas de amor; no quiero. ¿Buenos días? Adoro tu voz, ¿sabías? Anda, ven y abrázame, cuéntame si dormiste o soñaste y no se te ocurra destapar los recuerdos que encontraste en mi caja de latón. Gracias, ahora estoy mejor. ¿Qué quieres hacer hoy? Carrera hasta la dulcería: quien gane, invita. ¡No vayas tan rápido que quiero pagar yo! Oh... ¿Dónde estás? -dice al llegar, se le escapa el vaho de la boca y se empieza a helar-. Entro y espero con los ojos hambrientos tras el cristal; me giro y aquí te veo, con la sonrisa de miel, de brillo travieso. Sacas una rosa. "Idiota..." y te vengo a besar. Ya no hace frío aquí, me has vuelto a curar.