martes, 31 de julio de 2012

Duelos en Amsterdam.

El frío que hacía en la capital holandesa parecía haber huido adonde quiera que fuese -bien lejos de nosotros y nuestros chocolates calientes- y nos había regalado un trocito de cálida intimidad para aislarnos aún más e interrogarnos. Sin juicios, sin opiniones. Estábamos allí para aprendernos y quién sabe si, también, para matarnos. 
Estábamos realmente desnudos.
Habíamos pasado la tarde sincerándonos y confesando miles de secretos que parecían haber sido sepultados durante siglos en nuestros desgastados corazones. Sin embargo, llegó la pregunta clave y su mente pareció sufrir los síntomas posteriores a una violación mientras se desahogaba atragantadamente, con los ojos atónitos. Me relamía. Pero casi con un instinto voraz apareció vengativo justo a mi lado, tras recuperarse del desliz, y clavó las uñas en mi espalda con otra cuestión que casi me paralizó los labios y el corazón seis segundos. Y ya no era cosa de desagrado. Nos estábamos follando brutalmente todos nuestros principios y razones, bebíamos de ellos hasta emborracharnos y casi nos gustaba, casi superaba el placer de conocer la vulnerabilidad del otro y su alma, y estábamos en la mesa de aquel café, haciendo el amor con las mismas palabras que decidimos enterrar en una tumba de nieve por odio.
Pero nunca tuvimos en cuenta el deshielo.

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