jueves, 19 de julio de 2012

Desmorir(nos).

La espera carcomía nuestros corazones y lo inevitable de nuestros campos de atracción acercaba nuestros labios y las desgracias con el paso de los días.

En aquel entonces, ella era una muchacha llena de vida. Jugaba, se apasionaba, curioseaba tanto como una cría y disfrutaba aún más.
Me encantaba observarla cuando su uniforme se impregnaba de la magia que desprendía, se despertaba de su letargo inanimado y bailaban juntos bajo la lluvia o el sol, riendo hasta el agotamiento. Luego, paraba en seco, recuperaba el aire y su sonrisa brillaba con toda la fuerza que le había prestado a su falda.
Es cierto, tenía un espíritu incansable, pero a veces su cuerpecito menudo necesitaba un respiro, así que huía a embriagarse con el perfume de las flores de los jardines y a tumbarse en el césped para encontrar la suerte buscando formas en las nubes.

O para hacer que la encontrara yo.

Conseguí creerme diente de león, la hoja caduca que le acariciaba la piel al ritmo de la brisa y le hacía unas terribles cosquillas que tenía que tranquilizar con esas caricias suyas que hubieran podido cicatrizar cualquier herida.
Cúrame, susurraba suplicaba. Pero los gritos del alma sólo se escuchan en los ojos. Y cuando me miraba desaparecía el daño, los años, y mis ganas de comerla a besos le pedían, desde mis mejillas, que se acercara un poco más.
Luego, reía tímida y se escondía en su cabello largo. Un impulso indomable llegaba a las yemas de mis dedos; la necesidad de protegerla me atacaba y moría en una caricia sobre sus mejillas pálidas. Le sujetaba el mentón para dirigir sus pestañas hacia las mías y sus ojos brillantes me quitaban la vida.
Entonces, la desilusión me abrazaba y la dejaba ir con los muchachos de su edad.

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