martes, 31 de julio de 2012

Duelos en Amsterdam.

El frío que hacía en la capital holandesa parecía haber huido adonde quiera que fuese -bien lejos de nosotros y nuestros chocolates calientes- y nos había regalado un trocito de cálida intimidad para aislarnos aún más e interrogarnos. Sin juicios, sin opiniones. Estábamos allí para aprendernos y quién sabe si, también, para matarnos. 
Estábamos realmente desnudos.
Habíamos pasado la tarde sincerándonos y confesando miles de secretos que parecían haber sido sepultados durante siglos en nuestros desgastados corazones. Sin embargo, llegó la pregunta clave y su mente pareció sufrir los síntomas posteriores a una violación mientras se desahogaba atragantadamente, con los ojos atónitos. Me relamía. Pero casi con un instinto voraz apareció vengativo justo a mi lado, tras recuperarse del desliz, y clavó las uñas en mi espalda con otra cuestión que casi me paralizó los labios y el corazón seis segundos. Y ya no era cosa de desagrado. Nos estábamos follando brutalmente todos nuestros principios y razones, bebíamos de ellos hasta emborracharnos y casi nos gustaba, casi superaba el placer de conocer la vulnerabilidad del otro y su alma, y estábamos en la mesa de aquel café, haciendo el amor con las mismas palabras que decidimos enterrar en una tumba de nieve por odio.
Pero nunca tuvimos en cuenta el deshielo.

Despedidas.

El viento jugó con el hombro de Rachel y arrastró el invierno hasta sus huesos pequeñitos con un par de afortunados copos de nieve que tuvieron la oportunidad de morir en su calor como gotas que parecían lágrimas en una carrera por desvanecerse dejando un rastro de sal.

Veranos de incendio.

Tierra del fuego. Roja. Vencedora de hombres se levanta impasible. Su  presencia inunda de carisma el paisaje, indomable, arisco por naturaleza. Desierto. La breve vida, verde, alegre, nace esparcida a su suerte en las cenizas de sus antepasados.
Nación de volcanes ancianos, desplomados. Vencedora de la lluvia. Indomable. La aridez se expande en sus tierras; el sol hace justicia a su juicio y castiga al débil. La flaca vida ya no se alimenta y muere, arde sin velatorio, y ya forma parte de este cementerio construido en lava y soledad. La flaca alma vaga en forma de mirada en Tierra del fuego. Expectante. Vívida. Apasionada. Y adivino lo que piensas. Pero no quieras huir a Tierra del fuego. Es tan cruel como el país de los hombres.

jueves, 26 de julio de 2012

El reflejo.

Me lucho, con fuerza, sin descanso. Y soy victoria, victoria mía y de ellos, que también me luchan. Acertamos los golpes, y me destrozamos en los puntos débiles que no he sabido proteger. Pero ésa no soy yo, yo no soy yo. Sálvame, por favor. Que estoy herida. Herida de tanto ser combatida. Me duelo. Me hago daño y no lo aguanto más. Yo soy yo, esta de aquí. Derrotada y pequeña, llena de cicatrices (más que por las magulladuras del cuerpo, por las decepciones que tantas veces han maltratado mi corazón). Sálvame. Sálvame... ya no sé quién soy.
A veces me reconozco en el espejo
y me hablo.

jueves, 19 de julio de 2012

Desmorir(nos).

La espera carcomía nuestros corazones y lo inevitable de nuestros campos de atracción acercaba nuestros labios y las desgracias con el paso de los días.

En aquel entonces, ella era una muchacha llena de vida. Jugaba, se apasionaba, curioseaba tanto como una cría y disfrutaba aún más.
Me encantaba observarla cuando su uniforme se impregnaba de la magia que desprendía, se despertaba de su letargo inanimado y bailaban juntos bajo la lluvia o el sol, riendo hasta el agotamiento. Luego, paraba en seco, recuperaba el aire y su sonrisa brillaba con toda la fuerza que le había prestado a su falda.
Es cierto, tenía un espíritu incansable, pero a veces su cuerpecito menudo necesitaba un respiro, así que huía a embriagarse con el perfume de las flores de los jardines y a tumbarse en el césped para encontrar la suerte buscando formas en las nubes.

O para hacer que la encontrara yo.

Conseguí creerme diente de león, la hoja caduca que le acariciaba la piel al ritmo de la brisa y le hacía unas terribles cosquillas que tenía que tranquilizar con esas caricias suyas que hubieran podido cicatrizar cualquier herida.
Cúrame, susurraba suplicaba. Pero los gritos del alma sólo se escuchan en los ojos. Y cuando me miraba desaparecía el daño, los años, y mis ganas de comerla a besos le pedían, desde mis mejillas, que se acercara un poco más.
Luego, reía tímida y se escondía en su cabello largo. Un impulso indomable llegaba a las yemas de mis dedos; la necesidad de protegerla me atacaba y moría en una caricia sobre sus mejillas pálidas. Le sujetaba el mentón para dirigir sus pestañas hacia las mías y sus ojos brillantes me quitaban la vida.
Entonces, la desilusión me abrazaba y la dejaba ir con los muchachos de su edad.

Nos perdemos.

No suspires tan fuerte que un día... un día el cielo se me va a llevar y me vas a creer un pajarito gris entre tanto color. Y no... y no quiero que te olvides de mí como de la cometa perdida.



A veces no me reconozco en el espejo
y me hablo.

lunes, 2 de julio de 2012

Impulsos indomables.

Jane clavó con rabia el marcador entre las páginas, tiró el libro encima del sofá y se levantó con asco.
Sabía que si seguía leyendo acabaría con un mal sabor de boca y de mal humor. No estaba segura si era porque la novela se le hiciera corta, por la angustia de esperar que se retorciera la trama aún más y que su resolución llevara más palabras que los miserables dos capítulos que quedaban o porque sentirse contextualizada en una historia que ya no le pertenecía le estaba costando la cordura.

Pero quién sabe, a lo mejor eso es lo único que le hacía falta para sacar los dientes y atacar a mordiscos a Dave
porque lo echaba mucho de menos, de veras.