domingo, 17 de junio de 2012

Delirios enfermos.

Da comienzo el concierto de psicofonías. Filarmonía disonante que se agolpa en nuestras sienes, palpita al punto de la taquicardia y nos susurra, nos calma repitiéndonos que vamos a morir.
Llevas una rosa desvalida en tu solapa y tus labios mutan en el desastre más hermoso que nunca he visto. Acerco mi mano sumida en temblores a tus dedos y a nuestros esqueletos ahora sólo los separa un poco de piel. La fuerza se nos va y se convierte en caricia. Cerramos los ojos y por un momento creemos que ya no estamos deshabitados, que nuestra cárcel de huesos está llena de vida, que tenemos esa magia... Abro despacio los párpados, esperando vernos en presente, y el brillo de vida que acababa de nacer con la esperanza se apaga en lo más recóndito de mis pupilas, convirtiéndose en un almacén de lágrimas. Eternamente, vamos acercando nuestras almas flacas, nuestras sonrisas abatidas por el dolor. Siempre, despacio. Nos ataca el llanto en el abrazo, nos escondemos el uno en el otro y se nos rompen las rodillas. Reímos de daño palpando nuestras pieles pálidas en el suelo, con las piernas inútiles escondidas bajo mi vestido blanco y la muerte subiendo por nuestros tobillos.
Decaen los efectos del éxtasis, de mirarte, y siento el piano. Muy lejano, casi silencioso, imperceptible. Tú también lo escuchas. Volvemos a sonreír con los labios en sequía.
-¿Me permites? -adivinas.
-Oh, ¿me invitas a bailar La valse des monstres?

Y nuestros fantasmas nos observan con envidia al levantarnos para ganarle unos segundos al tiempo antes de desfallecer en nuestra cama de ilusiones averiadas.

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