sábado, 28 de abril de 2012

Nosotros de un solo tú.

Nos pudrimos en la miseria en la que nos dejó el odio. Y aunque decíamos de estar vivos, hacía ya muchos versos de nuestra muerte.

En aquel entonces, tenías las rodillas maltratadas y la piel porcelana. Yo te hacía el amor con los ojos, que te devoraban en una carrera por tus medias y se perdían por el vuelto de tu falda. En éxtasis, te miraba los labios rojos y me abandonaba a tu sonrisa de inocente tristeza y, tras unos segundos, corría a rescatarte. En volandas te subía hasta mi cuarto y me dedicaba a curar tus heridas con un infinito cariño que me torturaba cuando te veía morderte la boca de escozor. Agridulce sentimiento en la emoción de saber dilatar el tiempo por puro egoísmo para verte tan indefensa sobre la cama mientras te birlaba las sedas, aprovechando para acariciarte, y en el desconsuelo que me rompía verte tan dolorida, agarrándote las mangas bien fuerte para no quejarte mientras te lavaba los arañazos. 
Luego, me besabas la mejilla y saltabas veloz, yo te cogía suavemente de la mano, me mirabas y te escapabas escaleras abajo.

Después de todo, tú eras una niña y yo... ¿quién era yo?

3 comentarios:

  1. Contar el tiempo de la muerte (o la eternidad) en versos, no deja de ser una genialidad adorable.

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  2. Quedan rincones de luz y sombra en tus textos que invitan a adivinar...

    Besos almendrados ;)

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  3. ¡me encanta me encanta! Tus entradas dejan mucho que pensar, y son estupendas. Enhorabuena!

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