sábado, 31 de marzo de 2012

Pesadillas (II).

Impasible te veo caer. Te sumerges. Sumisa. Desequilibrada. Cristalizada.
Aunque siento que yo ya he huido contigo, en paralelo a tu descenso, y danzamos en círculos, entre burbujas, hacia el fondo.
Respiro sin aire. El agua entra y sale de los pulmones. Creo que me ahogo. Pero sigo tan vivo que me estremece verte con esa mueca macabra de euforia y dolor.
Intento tocarte. Me diriges la mirada, complacida. Alargas tus delgados dedos en la tranquilidad del agua sin llegar a rozarme y me abalanzo a rescatarte. Imperioso. Impulsivo. Apasionado.
Me acerco y te atravieso. Sigues cayendo. Rígida, satisfecha, perdida, plomiza.
Tu cuerpo se desata de tu juego y sales hecha de vapor en la última boqueada que pudo realizar. Agónico, manipulado, maltratado.
Tu fantasma se me acerca, me provoca, me tienta. Me arrastra hasta lo más profundo de la oscuridad. Tú, una sombra blanca desdibujada y yo, todavía prendido del miedo y la locura, de la impotencia y de la soledad. Y cuando presiento que ya no puedo más, escucho tu voz, te haces aire dentro de mí y vuelvo a la superficie en menos de un segundo.
Se ha quedado mi cuerpo en tierra, mi vida contigo y tú estás muerta.

Sacudo la cabeza, miro al frente y ahí te encuentras, hecha humana. Pequeña. Dulce. Sonriente. Me miras con delicadeza, casi acariciándome. Y con soltura, me hablas.
Terciopelo. Tu mirada y tu voz.
-¿Vienes a bañarte conmigo?

martes, 20 de marzo de 2012

Pesadillas.

Escarcha. Escarcha de noviembre en la orilla, mezclada entre la hierba de un verde primavera y alguna que otra flor a punto de morir. Indefensa. Diminuta. Cristalizada.
Nuestros pasos crujen y el aire frío nos sienta bien. Huyes. El rítmico compás del congelado rocío se apresura. Corres. Te ahogas, la brisa glacial te quema por dentro. Aceleras. Y le haces un guiño a la muerte. Frenas, al final del olvidado muelle de tablas de carcomida madera, con las punteras a punto de perder el equilibrio y perturbar el estanque; frenas. En seco, rígida, espantada, perdida, plomiza. A juego con nuestra tarde.
Y yo te observo. Ralentizo mi caminar para disfrutarte un poco más. Indefensa. Diminuta. Cristalizada.
Con tus piernecillas blanquecinas asomando bajo el vestido, con las rodillas magulladas, con noviembre castigándote la piel. 
Y al final, tus botas. Y al final, tus labios.
Ambos, desencajados, desproporcionados, descuidados. Ya no te llevan a ninguna parte.
Y en el desenlace, tus ojos. Perdidos. Grises. Destrozados. Escondiéndose entre tu pelo desaliñado.
Mis pisadas dejan su rumor de verde y vibran las tablas. Una, otra, una y otra vez. Te acaricio la espalda en el aire y me decido por la figura de tus hombros. Amoratados. Esqueléticos. Enfermizos. Te giras entre mis brazos. Tus talones toman el relevo y se quedan tentando a la suerte. Bailando sobre el filo. Oscilantes. Inocentes. Acompañando un imperceptible movimiento, amago de sonrisa, de brillo en tu mirada. Me robas el alma.

Te acercas a mis labios. Suspiras. Respiro tu aliento. Y como si la gravedad requiriera tu presencia, te dejas caer hecha de plomo. Y desapareces en el agua de la laguna estigia de mis lágrimas.

domingo, 18 de marzo de 2012

"Que estoy hecha de algún polvo y sé que al polvo he de volver.
         Pero nunca tengo claro si era mágico, estelar o suciedad.
    Aunque pensándolo bien, son las tres formas de mi trinidad"



(sin embargo, tendemos a querer cubrirlo todo de pasado, soledad y abandono, nos olvidamos de lo diminuto y especial de la magia y nos sentimos perdidos entre tanta estrella)

sábado, 10 de marzo de 2012

Afrodita y el esclavo.

Tú, Afrodita entre los mortales, desorientada, fulminante, diosa de los susurros y la pasión.
Y mi sonrisa, una palabra perdida de servicio. Lealtad legítima a tus ojos, a tu forma de perderte en la ciudad y a tu indecisión.

Pero a trocitos, parpadeas y te escondes, me apago con el intimismo de tus pestañas y me matas despacio.

Me engañas, me desquicias y me engatusas otra vez cuando vuelves a buscarme. Me seduces a lo terrible de protegerte y te siento fiera entre mis brazos, me desgarras el alma, me acorralas, me quitas la razón y me vuelvo esclavo ante tu infranqueable corazón.

Pero no dejo de tenerte miedo.