sábado, 25 de febrero de 2012

Donde yacía su sentencia con una cruz.

El invierno invadía todos los rincones de la ciudad y de sus huesos.
Había algo de escarcha en la cuneta de la carretera y la humedad le concedía un verde y místico velo a las hojas lacias de los retorcidos árboles.
Sonó el chirrido leve de la cancela negra y atravesó la puerta. Se encaminó entre las tumbas, ágil y respetuoso, hasta llegar donde pretendía. Se sentó cruzando las piernas -apoyándose en la lápida-, sacó un libro y se puso a leer justo después de retirar el marcador.
Así pasaron cuarenta y cinco minutos, tres capítulos, antes de que ya no pudiera pasar las páginas a causa de la rigidez de sus dedos helados y casi se condensara su aliento en el aire. Volvió a pasar la cinta roja y cerró con calma las tapas. Se levantó, tiró una rosa, un recuerdo y un adiós sin mediar palabra alguna y abandonó el cementerio.


Volvió rápidamente a su casa, se encerró en su habitación -lo más cerca que pudo de la calefacción-, se fumó un cigarro acompañando un Earl Grey y condenó al resto del día a dormitar y pensar que la muerte no era tan mala opción.

2 comentarios:

  1. Preciosa entrada, sorprende con cada palabra. Increible tu manera de escribir enserio, me encanta.
    Mucha suerte, y un beso.♥
    PD. Gracias por pasarte por mi blog y por comentar :)

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