sábado, 25 de febrero de 2012

Donde yacía su sentencia con una cruz.

El invierno invadía todos los rincones de la ciudad y de sus huesos.
Había algo de escarcha en la cuneta de la carretera y la humedad le concedía un verde y místico velo a las hojas lacias de los retorcidos árboles.
Sonó el chirrido leve de la cancela negra y atravesó la puerta. Se encaminó entre las tumbas, ágil y respetuoso, hasta llegar donde pretendía. Se sentó cruzando las piernas -apoyándose en la lápida-, sacó un libro y se puso a leer justo después de retirar el marcador.
Así pasaron cuarenta y cinco minutos, tres capítulos, antes de que ya no pudiera pasar las páginas a causa de la rigidez de sus dedos helados y casi se condensara su aliento en el aire. Volvió a pasar la cinta roja y cerró con calma las tapas. Se levantó, tiró una rosa, un recuerdo y un adiós sin mediar palabra alguna y abandonó el cementerio.


Volvió rápidamente a su casa, se encerró en su habitación -lo más cerca que pudo de la calefacción-, se fumó un cigarro acompañando un Earl Grey y condenó al resto del día a dormitar y pensar que la muerte no era tan mala opción.

sábado, 11 de febrero de 2012

Robándote un San Valentín de domingos con rosas.

Tú y tu sonrisa de plata sois la infinita paz de mis noches cuando mis miradas indiscretas se cuelan por tus pupilas y le hacen cosquillas a tus labios; invocas a Afrodita en un gesto inocente; me escondes los ojos. Y me aprendo las curvas de tu nariz, descubro las pequeñas pequitas que se esconden entre los vergonzosos mechones rubios que se escapan al valor y pretenden hacer de velo para ocultarte. Entonces, los descorro detrás de tus orejas, te repito en un susurro lo mucho que te quiero y descubro un suspiro arremolinándose en el hueco de tu clavícula izquierda:
-Tonto.

Me hace cosquillas en los labios, me sonrío y cierro los ojos. Te beso, te recoges en mi cuello, me robas la razón un poco más y, contrariamente, me devuelves la armonía que había decidido rehuírme por un momento. Tú, mi musa, tan pequeñita, radiante, tranquila y etérea; la musa de ese abstracto sentimiento que  nace en tus pestañas, explosiona en un parpadeo y me envuelve en éxtasis. Tú, la infinita paz de mis noches.

Gracias por detener el tiempo
(y hacer eternos nuestros once minutos)

sábado, 4 de febrero de 2012

El silencio de los amantes.

El silencio os enseñó a no oír, a ignorar los gritos, las verdades y las mentiras, los buenos días, los cumplidos, los sobornos.
Ahuecó vuestro daño para que las pesadillas pudieran dormir bien y arropara sus ojos grises en la imposibilidad de no saber describir la tormenta y tú, tú seguiste en la niebla de los tuyos, con tus cenizas a medio morir ahogadas dentro de los vasos rellenos de alcohol y lágrimas sin derramar que era tu iris gris, siempre condenado a resbalar por dentro de tu alma.
El silencio os instruyó en la indiferencia, en las caricias sin tacto, en las bofetadas sin remordimiento y en las palizas por placer, en el morbo del dolor, en el erotismo de la sangre.
Las tardes tomando té sabían a muerte, callada y letal; crucificó los te quiero y las escapadas al cine. Lo invadió todo, hizo de la vida un rastro de polvo, experiencias volátiles y enfermas que vagaban en los recovecos de vuestras arterias como un coágulo de veneno.

Y es que el silencio mató el amor. El secreto os mató a los dos.