martes, 24 de enero de 2012

Vacaciones en la Grecia de un Karpatos desconocido.

La brisa desperezaba sus desparramados rizos de proporción áurea. Oscurecía en sus pupilas y brillaba un sol de medio día en el resto de la ciudad.
Había abierto los postigos del balcón y, apoyado en la negra barandilla de metal, él observaba sonriendo cómo se debatía entre estiramientos y modorra, como un gatito, entre las sábanas.
Una vez nacida la brillante noche de sus ojos, buscó la mirada parda del muchacho y tras hacerlo, volvió a acurrucarse y a bailar con Morfeo al compás de su respiración.
Él inspiró fuertemente la sal del Mediterráneo y entornó las cortinas para mitigar la intensa luz de la habitación antes de volver a entrar a buscar su suerte en la constelación Escorpio de las salpicadas y oscuras motitas de su espalda y a pasear sus dedos por las estrellas que vagaban en su impoluto firmamento hasta encontrar la electricidad -en un estremecimiento de su columna- que encendería un par de parpadeos espontáneos en sus remolonas pestañas.
Suave, desde su elegante cuello, ella dio un giro que dedicó a regalarle un diminuto y delicado beso de sus labios rosas y él abrió los ojos al mismo ritmo que se le evaporaban la imaginación y el perfume que, por un momento, soñó tener impregnado en sus sábanas.
-Mierda.