viernes, 27 de enero de 2012

Sus domingos desérticos.

Le gustaba sentarse en las escaleras de la entrada a mirar pasar a la gente corriente pasar. Ver sus vicios, tics y manías, las muecas que tenían por sonrisas y encontrar, en el aliento que salía de sus labios, sus fantasmas; sus miedos, sus angustias y la desesperación, su hipocresía o sus ganas de escapar volátil en alguna nube de vapor... el asco.

Sabía encontrar el veneno de sus sus entrañas, venenos corrosivos para el corazón que intentan diluirse con lágrimas o descomponerse con narcóticos a modo de pseudo-catalizadores para acelerar el proceso de decadencia.

Pero de vez en cuando encontraba una pizca de dulzura y, con suerte, descubría una mirada llena de brillo (por algo muy lejano a la tristeza y totalmente indescifrable para sus teñidas pupilas del negro desengaño de su corazón) que se posaba en sus ojos...
Y la vida se le hacía menos perra.

1 comentario:

  1. Observar, compartir sin saber que siempre hay algo nuestro en aquel al que miramos...

    Leerte es pensar.

    Saludos almendrados ;)

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