domingo, 22 de enero de 2012

Fraternidad inoportuna.

La muerte era lo más parecido a la indiferencia de su expresión. Apática y sin gracia, en una mueca que rozaba el desencanto (o el dolor), se mostraba su sonrisa de asco mientras -todavía en silencio- le ofrecía un cigarro a la par que empezaba a sujetar otro entre los labios.
Y allí estaba él, fumándose únicamente el vapor de su aliento y si me apuras a decir, el alma, con las manos en los bolsillos y el abrigo hasta el cuello, temblando de miedo y de frío por la idea de perderla esa tarde de invierno en la estación.

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