jueves, 8 de diciembre de 2011

"Y la carne que tienta con sus frescos racimos, y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos"

Y sus dementes sonrisas de camino a la morgue.


Aquella noche, Jane se acurrucó en el hueco del centro de su pecho, donde nunca antes había encontrado refugio, y templó sus mejillas con la sangre caliente que se resbalaba por su cuerpo en la carrera de la muerte. El rojo y sus lágrimas avanzaban más rápido conforme más frías se tornaban su piel, sus labios y su sonrisa.
Pero su alma ya estaba muerta cuando apretó el gatillo, así que supo dejar de hiperventilar, recoger los pedazos de serenidad que por un momento habían huido frenéticos a las esquinas a causa de todo lo que gritaron y empezó a pensar cómo hacer que pareciera un suicidio.

Sentada en la vieja y cochambrosa butaca, con la masculinidad que presentaba cuando no bailaba en el local, consumó el largo silencio que prometió sin palabras al levantarse y hacer resonar sus talones en el suelo.
Dio unos pasos hasta su cadáver y se acuclilló junto a él. Lo miró largamente, le acarició la barba que se enmarañaba por su mandíbula y rió, con un tono enfermo y morado por sus ojeras que, después de todo, estaban tristes.

1 comentario:

  1. Ufffffffff... inquietante escalofrio por mi espalda, esa risa.... jajaja!!!!!
    aun retumba en mi cabeza.

    Saludos almendrados

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