jueves, 15 de diciembre de 2011

Sus alas estaban llenas de polvo, y a nadie le parecía mágico.


Pero no envidia de los ojos azul mar, de huesos de nácar o de las orejas que saben esconder los murmullos del océano en sus recovecos como una caracola. Marina no tenía envidia de los cuerpos que, hechos de arena, moldeaban el tiempo a su antojo con solo cambiar el sentido de sus curvas.

Marina tenía envidia por su disonante inconformismo, que crecía paralelamente a los celos como una enredadera de espinas en su verde veneno.
Y es que su voz de sirena, su rostro salino y las pequeñas cicatrices de sus manos no eran suficiente motivo para atar fuertemente con cabos los bordes de sus labios y afianzar una sonrisa que la hiciera desplegar las velas, aprovechando el viento que le venía de popa para alcanzar los siete nudos de adrenalina.
No, su corazón iba camino de petrificarse tanto que llegaría un momento en el que no lo soportaría dentro de las estalactitas y estalagmitas de sus costillas y se corrompería en arena.
Y es que Marina se mataba un poco más cada vez, conforme iba perdiendo esa capacidad que tienen los chiquillos de sonreír por cualquier cosa y asumía los veinte años que debería demostrar siempre.

Y es que todavía no había conocido al entomólogo que convertiría sus sueños de niña en mariposas de océano.

1 comentario:

  1. Precioso e hipermetaforico... cuantos paralelismos existen entre personas e insectos, quiza demasiados.

    Saludos almendrados ;)

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