jueves, 1 de diciembre de 2011

Almohadas de piedra con algún que otro grabado de adiós.

Allí, donde se contaban historias interminables -bajo las mantas- en innumerables fines de semana, para que sus almas se escapasen a la azotea mientras dormían y les diera tanto frío que necesitaran abrazarse un poco más cerca y mezclar su aliento hasta que la nariz de la muchacha pudiera recuperar el tacto y no le fuera tan desagradable respirar.
Allí, donde durmió su pasado tras hacer un amago de vivir nuevamente con retazos de lágrimas y odio, palabras vacías y un perdón que no tenía validez ya. Allí murieron ellos también, con las partituras secándose en la azotea sin haberle dado tiempo a entonarlas y su infancia, en estado latente, se petrificó en las notas que nunca sonarían más que en sus recuerdos turbios de descontento, nostalgia y dolor.

1 comentario:

  1. Uffff, triste hermosura la que describes... amargura en magia y palabra.

    Saludos almendrados ;)

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