jueves, 29 de diciembre de 2011

Sólo hacen falta unas pocas palabras en el momento oportuno (el más jodido, para qué mentir) y adiós al hambre.
y a las ganas de vivir.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

El crepúsculo de sus ojos.

Su espalda pecosa infectada de noche es ilegible; y es que con la vista humana no se aprecian los sueños que están enterrados en sus poros, rebosando magia. Mas nosotros, simples mortales y ciegos de amor, tendemos a querer leer el braille de sus lunares cuando lo que parece indescifrable es su mirada, que con tantos destellos ya no sabes cuál de ellos es la Estrella Polar y pierdes el norte.
¿Pero qué más dará el norte cuando tus dedos alunizan en su piel y miras impasible, como si fuera otro atardecer, cómo se encuentran despacio sus párpados? Los besos que se dan sus pestañas son mucho más bonitos, porque te lanzan -con la brisa que despega volando con su sueño- su vulnerabilidad. Y es que así, tan pequeñita, da miedo moverse y despertarla sin querer, rompiéndose el hechizo y robándote la oportunidad sentir que la protegías con solo mirarla y que guardabas su íntima forma de respirar en tus callados latidos.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Nacida de Zeus y tan humana...

Zenobia parece intocable, prohibida. Pero en realidad, es tan pequeñita que logra que te compadezcas y la abraces para darle un poco de calor.
Su problema es que consigue que quieran aferrarse a ella tan fuerte, tan fuerte que se le rompen los frágiles huesos y se queda rota.
Ahora, blanca y enana como una estrella, quema si la tocas. Y es que su corazón es demasiado para nosotros. ¡Debe sentirse tan sola y perdida en medio de tanto vacío! Los intentos de emprender un viaje con mi nave espacial por el universo que falta para llegar a sus secretos y rescatarla han estado abocados al fracaso. ¡Tantas veces me he distraído por el camino! Mira que tenía claras las coordenadas, pero es que algunas turbulencias me han deparado en un bucle de besos galácticos y me he apartado de mi destino tontamente.
Pero, por Zenobia, estoy dispuesto a prenderme en la tristeza que se derrama por la superficie de su cuerpo y a consumirme con su fuego, porque este astronauta con escafandra de pecera ya ha encontrado en ella su estrella.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Os deseo una feliz Navidad y que podáis disfrutar lo indecible estas fiestas,

que yo me quedo conforme con teneros a vosotros pululando por mi blog.
Últimamente sois lo único que alegra mis sonrisas.
Gracias.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Zenobia, la chica estelar

Eres tan pequeñita que parece que te vas a morir de frío en esa sala en la que haces de modelo con un fino velo cubriéndote, sin mucho éxito, tu marmóreo cuerpo. Eres una esbelta escultura de proporción áurea en medio de la habitación, con los labios pintados de rosa y los cabellos dorados descendiendo por tu espalda en arremolinados saltos que van de tus hombros a tus senos, una cascada de oro que se parte en las durísimas rocas de tus vértebras. Y tus ojos... ¡oh Zeus, qué maravilla la nacida de ti! tus ojos son dos pozos de noche que llevaban consigo el brillo de todas las tormentas de tu padre y los sueños que Morfeo te había concedido en tu infancia antes de venir a la tierra de los mortales.
Y si tu cuerpo es belleza, tu interior es música de arpa. La armonía baila en ti como paseando por el jardín del Edén, en innovadoras y melodiosas sonrisas con las que me consigues emocionar, pues no tienen nada que ver con los vulgares bailes de las que invocan a Baco en cualquier local.

Sin embargo, eres tan pequeñita que parece que se te va a ir el alma en cuanto suspires. Tus lagrimitas me conmueven, pero no dejas que me acerque y te consuele. Tú, tan refinadamente griega, tan elegante, tan libra, no aceptas apoyarte sobre mis sandalias para guiarte en la danza a ritmo clásico cuando te duelen los tobillos; y es que te encanta que compartan la pasión por tu música, pero prefieres vivir el arte en soledad y, al haber sido educada en la retórica, me dejas con las palabra desorganizadas y casi mudas a la hora de intentar rebatírtelo.

Estás hecha para admirarte. Eres un museo en el que contemplar los seis campos del talento. Quizá seas de carne, pero tu arquitectura aguarda -dentro de tus huesos- un universo de estrellas que se escapan por los poros de tu piel y la marcan como las betas grises a las impasibles figuras helénicas.

Siquiera soy capaz de imaginar tenerte entre mis brazos. Yo, humano de tantos, sin fuerza, sin clase, ¡qué osado debo ser si me atrevo a pedirle tu mano a tu padre!
Pero el cielo está proyectado en tus lunares más intenso que nunca. Y quizá pueda ser el valiente astrónomo que se atreva a estudiar tus constelaciones esta noche.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Sus alas estaban llenas de polvo, y a nadie le parecía mágico.


Pero no envidia de los ojos azul mar, de huesos de nácar o de las orejas que saben esconder los murmullos del océano en sus recovecos como una caracola. Marina no tenía envidia de los cuerpos que, hechos de arena, moldeaban el tiempo a su antojo con solo cambiar el sentido de sus curvas.

Marina tenía envidia por su disonante inconformismo, que crecía paralelamente a los celos como una enredadera de espinas en su verde veneno.
Y es que su voz de sirena, su rostro salino y las pequeñas cicatrices de sus manos no eran suficiente motivo para atar fuertemente con cabos los bordes de sus labios y afianzar una sonrisa que la hiciera desplegar las velas, aprovechando el viento que le venía de popa para alcanzar los siete nudos de adrenalina.
No, su corazón iba camino de petrificarse tanto que llegaría un momento en el que no lo soportaría dentro de las estalactitas y estalagmitas de sus costillas y se corrompería en arena.
Y es que Marina se mataba un poco más cada vez, conforme iba perdiendo esa capacidad que tienen los chiquillos de sonreír por cualquier cosa y asumía los veinte años que debería demostrar siempre.

Y es que todavía no había conocido al entomólogo que convertiría sus sueños de niña en mariposas de océano.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Anacrónico amor y desencajadas esperanzas que parecían suficiente para camuflar su dolor.

  Dave parecía el típico rockero de las películas de los cincuenta, ésos de aire de duro, de sonrisa blanca y tentadora, maliciosa y atractiva, de los que llevan un cigarro encendido entre los labios mientras apoya la espalda y el pie derecho (siempre el derecho), desinteresado, en la pared. Usaba también el pelo engominado en una especie de tupé similar a los de Hollywood pero algo desordenado, con ese toque perfecto de adolescente, haciendo juego con la perfilada barba que le nacía en las patillas y venía a morir en la barbilla. Lucía siempre de negro, entubado en pitillos desgastados, marcando sus piernas con firmeza y dándole un atractivo que se le escapaba de lo verosímil a las muchachas del barrio, con sus botas de cuero que tan a juego iban con la cazadora y la Harley adornada con platas y piel. Se escondía el revólver en la cintura de los pantalones y solía custodiarlo por su mano izquierda, excepto cuando fumaba. Cuando fumaba daba igual la maldita pistola y el resto del mundo. Solo tenía ojos para ella.
 Y Jane, como ajena a su amor secreto, desde el escenario de su gloriosa desvergüenza, pretendía seducirlo otra vez con un beso suicida lanzado desde sus labios rojos y sus pestañas se ponían de acuerdo para hacerle un guiño con su maquillaje estilo Marilyn Monroe. Su vestido vaporoso y ligero le prometía volar para él en los respiraderos de metro en Nueva York, pero también podrían dejar que se lo llevaran sus manos en cualquier servicio público, porque, en su juego de miradas, parecía que todo les sobraba.

jueves, 8 de diciembre de 2011

"Y la carne que tienta con sus frescos racimos, y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos"

Y sus dementes sonrisas de camino a la morgue.


Aquella noche, Jane se acurrucó en el hueco del centro de su pecho, donde nunca antes había encontrado refugio, y templó sus mejillas con la sangre caliente que se resbalaba por su cuerpo en la carrera de la muerte. El rojo y sus lágrimas avanzaban más rápido conforme más frías se tornaban su piel, sus labios y su sonrisa.
Pero su alma ya estaba muerta cuando apretó el gatillo, así que supo dejar de hiperventilar, recoger los pedazos de serenidad que por un momento habían huido frenéticos a las esquinas a causa de todo lo que gritaron y empezó a pensar cómo hacer que pareciera un suicidio.

Sentada en la vieja y cochambrosa butaca, con la masculinidad que presentaba cuando no bailaba en el local, consumó el largo silencio que prometió sin palabras al levantarse y hacer resonar sus talones en el suelo.
Dio unos pasos hasta su cadáver y se acuclilló junto a él. Lo miró largamente, le acarició la barba que se enmarañaba por su mandíbula y rió, con un tono enfermo y morado por sus ojeras que, después de todo, estaban tristes.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Su secreto.

Marina pasaba por el mundo sin abrir los ojos. Caminaba por inercia, como noctámbula de pesadillas. No quería ver nada de lo que concernía al resto de la Humanidad y se encerraba en las historias imaginadas de todos los libros de aventuras, sin querer convertirse en alguno de los personajes de fantasía y, así, evitarse el emocionarse que su corazón bailara conmovido -o que simplemente viviera- al son de las palabras.
Pero todos sabíamos que, simplemente, quería engañarse.

Sin embargo, a veces, cuando paseaba por el espolón y las piedras le olían a musgo salado por la marea baja, le tentaba inhalar bien fuerte. Sentir el frío comiéndose su porcelánica piel, sus fosas nasales y las yemas de sus dedos que, como un respiro de muerte, la dejaba desconcertada tras un escalofrío. La consumía el miedo. Pero le provocaba ponerse al ras de las rocas negras y contar las gotitas de espuma que acertaban en las partes descubiertas de su cuerpo como lunares de mar. Y así afloraba una pizca de la osadía que solía esconderse en los remolinos de su pelo. Entonces, se lanzaba a pestañear; aunque supiera lo que pasaría, aunque no le hiciera falta mirar.
Y lloraba.

Pero no lloraba por su propia pena, ni su dolor, ni su angustia. Ni por sus miedos ni agonías, ni por sus inquietudes ni aspiraciones. Marina lloraba de envidia.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Almohadas de piedra con algún que otro grabado de adiós.

Allí, donde se contaban historias interminables -bajo las mantas- en innumerables fines de semana, para que sus almas se escapasen a la azotea mientras dormían y les diera tanto frío que necesitaran abrazarse un poco más cerca y mezclar su aliento hasta que la nariz de la muchacha pudiera recuperar el tacto y no le fuera tan desagradable respirar.
Allí, donde durmió su pasado tras hacer un amago de vivir nuevamente con retazos de lágrimas y odio, palabras vacías y un perdón que no tenía validez ya. Allí murieron ellos también, con las partituras secándose en la azotea sin haberle dado tiempo a entonarlas y su infancia, en estado latente, se petrificó en las notas que nunca sonarían más que en sus recuerdos turbios de descontento, nostalgia y dolor.