miércoles, 30 de noviembre de 2011

Reminiscencias supervivientes.

La vieja polaroid de su abuelo descansaba sobre la repisa de roble junto a algún libro de Noah Gordon, una brújula perdida y un barco embotellado.

Había sido una tarde intensa en las calles de Oslo y se merecía una tregua. Era agotador para una máquina de su edad inmortalizar el inmenso verde de los jardines de la universidad con un tono desgastado tan particular que hacía incluso más apetecible de lo que ya era una tarde de frío y abrigos bonitos bajo los cielos grises de la capital.
Y, para Brielle, habían sido unas cortas horas, pero de lo más intensas. Casi, podríamos decir que no tenía tiempo para respirar entre enfoque y disparo y la siguiente toma para aventajarse a la caída del sol. Pero así pudo darse el gusto de aprovechar un pequeño y tranquilo paseo de camino al hotel, sin centrarse más que los pájaros -que chillaban peleando por volar cinco minutitos más antes de dormir en las copas de los árboles- y el ajetreo de la gente para llegar a cenar a tiempo.

Así que terminó de tender las nuevas adquisiciones en la cuerdecilla "14 de mayo" y bajó a la cafetería a tomarse el chocolate más caliente que podría soportar su lengua para llegar a la cama con el estómago bien reconfortado donde acurrucar sus sueños para que no temblaran de odio como las mariposas carnívoras de sus pesadillas.

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