martes, 22 de noviembre de 2011

El cementerio de los violines.

   Stradivari condenó mi madera a pasar, codiciado, de mano en mano bajos sucios fajos de billetes; que no se invierten por... ¿amor al arte?, sino de puro morbo por conseguir lo prohibido.
   Stradivari condenó mi madera a la soledad, a no sentir el paso de las estaciones en una cárcel de temperatura perfecta que me resulta claustrofóbica; que no hay dedos que acaricien mis cuerdas con fin de entonar una canción ni ojos que lloren de emoción al escuchar mi sonido en el corazón de un artista amante de la música y el pizzicato.
   Stradivari condenó mi madera y sus cerdas a la incomunicación, a un letargo de silencioso abandono exento de bailes eternos en aquellos clasicistas conciertos o sinfonías para dos en los que fluíamos enamorados; ahora estamos separados para siempre, incluso en las clandestinas transacciones en las que somos negociados permanecemos en cada lado del estuche, sin siquiera rozarnos en una melodiosa caricia, sentenciados a observarnos sin filarmonía en sigilo.

   Oh, Antonio...  estabas tan absorto en nosotros, tu creación, aquella engendrada de tus manos sublimes de luthier, que te olvidaste de lo que pasaba en el resto de Italia, la revolución de tus "iguales" ¿verdad?

1 comentario:

  1. El mundo, la vida vista desde cuatro cuerdas... y que bien llora un violín...

    Saludos almendrados ;)

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