miércoles, 26 de octubre de 2011

Su vida en los suburbios.

La mañana había dejado de oler a lluvia.
El ambiente apestaba a alcohol con anfetaminas y a sexo, a ropa tirada por los suelos, a gomina deshecha.
La habitación era un caos a cuadros y a acordes estridentes adornados con crestas igual de extravagantes. Y, aún así, se oían los gemidos de los muelles y los participantes al escaparse por la rendija de la puerta entreabierta como en cualquier otro bar de putas.
Tiempo después, los excesos cargaban el aire hasta el punto de hacerlo viscoso y pesado, tanto, que aplastaba sus cuerpos contra el colchón en un intento de arrimarse como mejor sabían la una a la otra, más desnudas y vacías que nunca entre los besos que crearon senderos en sus cuerpos y dejaron mil marcas de su paso por el cuello.
Madison jugaba con sus dedos entre las costillas de Rachel y ella, tan humana, escondía su aliento en las clavículas de su novia llena de miedo y felicidad adornada de pudor rosado en las mejillas.
Y es que hacía demasiado frío fuera como para no templar la habitación, pero los calefactores estaban en la buhardilla.

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