domingo, 16 de octubre de 2011

No se ha terminado de concienciar.

No se pudo permitir nunca que la quisiera así, y ahora, le está pasando factura.
Pobrecita niña. Tenía su dolor reseco en sal pegado en sus pecas y nunca supo verlo detrás de sus ojos empañados de pena. Hasta que escondió sus comisuras en los cachetes y asimiló todos aquellos largos discursos y las infinitas horas compartidas.
Pero ahora que lo necesita más que nunca para compartir sus alegrías, se ha ido para siempre, cansado de esperarla a ella y al amor que no le demostraba.
Y es que nunca supo ser egoísta a largo plazo.
Hoy la matan unas impresionantes ganas de llorar, pero se morderá los labios y se agarrará el corazón con orgullo: no piensa estar despistada inocentemente entre su tan mal pagada ingenuidad si aparecía sonriendo en los parques de sueños por los que le prometió pasear juntos.

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