lunes, 10 de octubre de 2011

Envidia cochina.

Y allí estaba, sentada en un acolchado taburete rojo con la vista tan enferma que no podía leer los nombres de los demás licores que estaban ordenados sobre la repisa como en una película americana antigua.
Se encendió un cigarro liado anteriormente con una carente destreza, procurando destrozarse por dentro o, por lo menos, quemar sus recuerdos y su dolor. La verdad, aquellas cenizas estaban más personificadas que nunca: parecía que su alma se consumía con el crepitar del papelillo o del propio tabaco y se evaporaba hacia quién sabía dónde. Y también parecía que, de un momento a otro, sus codos no darían para más y caería inconsciente sobre la barra. Pero una cruda voz en una conversación ajena la despertó mejor que ningún cubo de agua fría. Dos frases que no estaba muy segura de haber interpretado bien y que se le clavaron en el corazón como si miles de agujas le hubieran acribillado las costillas hasta quebrar esa coraza que protegía de destrozarse a un órgano tan sensible, tan delicado y a la vez tan potente y apasionado por su fiereza luchadora.
Hasta que se contagió despacio de miedo, de odio y de envidia tan drásticamente que se le coaguló la sangre en las venas y sintió que estaba acabada.

Pero nada, como siempre, solamente era amor que se solucionaba con ir a casa y dormir hasta que se le pasaran las lágrimas y se le olvidara aquella cara tan bonita que le gustaría tener para conseguir una noche más escondida en sus clavículas.

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