jueves, 27 de octubre de 2011

-Te hablaría con acotaciones (que las miradas son silencios) porque si te escribo (y la besó) perdería la magia, ¿no crees?

miércoles, 26 de octubre de 2011

Su vida en los suburbios.

La mañana había dejado de oler a lluvia.
El ambiente apestaba a alcohol con anfetaminas y a sexo, a ropa tirada por los suelos, a gomina deshecha.
La habitación era un caos a cuadros y a acordes estridentes adornados con crestas igual de extravagantes. Y, aún así, se oían los gemidos de los muelles y los participantes al escaparse por la rendija de la puerta entreabierta como en cualquier otro bar de putas.
Tiempo después, los excesos cargaban el aire hasta el punto de hacerlo viscoso y pesado, tanto, que aplastaba sus cuerpos contra el colchón en un intento de arrimarse como mejor sabían la una a la otra, más desnudas y vacías que nunca entre los besos que crearon senderos en sus cuerpos y dejaron mil marcas de su paso por el cuello.
Madison jugaba con sus dedos entre las costillas de Rachel y ella, tan humana, escondía su aliento en las clavículas de su novia llena de miedo y felicidad adornada de pudor rosado en las mejillas.
Y es que hacía demasiado frío fuera como para no templar la habitación, pero los calefactores estaban en la buhardilla.

viernes, 21 de octubre de 2011

Mis palabras son un ejército de recuerdos que dejaste bajo el mando de un (dolor) general.

a jornada completa.
sin ti todo.

martes, 18 de octubre de 2011

¿Quieres volver a ser mi cumplidor de subjuntivos?

Es suficiente con que tu cuerpo se convierta en polvo. No hagas lo mismo con tu corazón. Regálalo, deja tu legado y haz que tu nombre se convierta en Historia. Que se convierta en la historia que siempre quisimos vivir en las aceras Manhattan, en todos los tejados de Venecia y en los rincones de tu habitación, donde la Luna nos perseguíría para buscar el miedo en nuestros rostros y, para llenarla de envidia, le enseñaríamos nuestras manos, cogidas tan fuertes que ni unos grilletes harían mejor esa función.

domingo, 16 de octubre de 2011

No se ha terminado de concienciar.

No se pudo permitir nunca que la quisiera así, y ahora, le está pasando factura.
Pobrecita niña. Tenía su dolor reseco en sal pegado en sus pecas y nunca supo verlo detrás de sus ojos empañados de pena. Hasta que escondió sus comisuras en los cachetes y asimiló todos aquellos largos discursos y las infinitas horas compartidas.
Pero ahora que lo necesita más que nunca para compartir sus alegrías, se ha ido para siempre, cansado de esperarla a ella y al amor que no le demostraba.
Y es que nunca supo ser egoísta a largo plazo.
Hoy la matan unas impresionantes ganas de llorar, pero se morderá los labios y se agarrará el corazón con orgullo: no piensa estar despistada inocentemente entre su tan mal pagada ingenuidad si aparecía sonriendo en los parques de sueños por los que le prometió pasear juntos.

Donde van a parar todas mis noches de soledad, exentas de ti.

Intenté quererte al ritmo de las más melancólicas canciones de jazz, paseándome por tu cuerpo como un gato en la noche envuelto en la neblina de cigarros de los callejones más húmedos, donde van a parar mis melodías mal compuestas entre besos de morfina y nostalgia.
Y siempre fui a destiempo, nunca supe seguir tu compás y te pisaba al bailar.
No creábamos la misma música, después de todo.

Pero tampoco tuviste interés en enseñarme. Solo te pareció divertido partir los tacones más altos de todo el local y hacerme estallar el suelo con dos lágrimas de dolor, las más pesadas que he podido derramar.

lunes, 10 de octubre de 2011

No sé negarte que me encanta mirarte sin que te des cuenta y luego también me busques. Que más tarde nos toque disimular a los dos y hacernos creer a nosotros mismos que fue casualidad.

Envidia cochina.

Y allí estaba, sentada en un acolchado taburete rojo con la vista tan enferma que no podía leer los nombres de los demás licores que estaban ordenados sobre la repisa como en una película americana antigua.
Se encendió un cigarro liado anteriormente con una carente destreza, procurando destrozarse por dentro o, por lo menos, quemar sus recuerdos y su dolor. La verdad, aquellas cenizas estaban más personificadas que nunca: parecía que su alma se consumía con el crepitar del papelillo o del propio tabaco y se evaporaba hacia quién sabía dónde. Y también parecía que, de un momento a otro, sus codos no darían para más y caería inconsciente sobre la barra. Pero una cruda voz en una conversación ajena la despertó mejor que ningún cubo de agua fría. Dos frases que no estaba muy segura de haber interpretado bien y que se le clavaron en el corazón como si miles de agujas le hubieran acribillado las costillas hasta quebrar esa coraza que protegía de destrozarse a un órgano tan sensible, tan delicado y a la vez tan potente y apasionado por su fiereza luchadora.
Hasta que se contagió despacio de miedo, de odio y de envidia tan drásticamente que se le coaguló la sangre en las venas y sintió que estaba acabada.

Pero nada, como siempre, solamente era amor que se solucionaba con ir a casa y dormir hasta que se le pasaran las lágrimas y se le olvidara aquella cara tan bonita que le gustaría tener para conseguir una noche más escondida en sus clavículas.

jueves, 6 de octubre de 2011

Ven aquí y arráncame el corazón, que le haces más falta que yo y se está muriendo en tu ausencia.
Si volverte a tener alguna vez pudiera, viviría la mejor noche que no pasé en mis eternidades de lágrimas y me arrancaría la vida.
¿Quién soportaría poder perderte dos veces?

miércoles, 5 de octubre de 2011

Anti-ética para Auxiliadora, por Marta Reymond.

Libertad es una palabra que encierra un significado bastante amplio que nos afecta en todo momento, aunque no seamos conscientes.
A mi ver, acapara dos dimensiones a destacar: una subjetiva y otra subjuntiva.
La primera de éstas es la que nos lleva a debatir entre lo que nos conviene y lo que no nos conviene, todo regido al valorar las consecuencias de lo que vamos a hacer o no, lo que vamos a DECIDIR, teniendo en cuenta cómo creemos que nos afectará física y psicológicamente y cómo repercutirá ese acto sobre nosotros.
Con ello quiero decir que ni un baño de ácido sulfúrico nos dejará la piel suave y tersa (a pesar de que estemos dispuestos a tomarlo), ni crear nuestra realidad sobre una mentira que tarde o temprano acabará haciéndose añicos y nos catapultará, automáticamente, a un doloroso mundo de peleas y catástrofes emocionales a pequeña o gran escala será agradable.
Tampoco entendáis que haciendo las cosas moralmente correctas construiremos un mundo ideal en el que no nos daremos de bruces contra algo alguna vez, pues si te decides a ir a salvar a un niño de un banco de tiburones a lo mejor acabas con un final igual de funesto que el chiquillo o ingresado esperando, con miles de “no tendría que haberlo hecho” rondándote la cabeza, a que te amputen una pierna y con tu familia al borde de la desesperación con el corazón en la garganta.
Esto nos conduce a la otra dimensión, la dimensión subjuntiva, con la que está profundamente conectado el último ejemplo: la eterna discusión entre el quiero o no quiero. Así, existen tantas combinaciones de pensamientos y tantas ideas a la hora de actuar como personas hay. “Quiero que se salve el niño, pero prefiero cuidar de mi familia”, “no me importa lo que suceda, tendré la conciencia tranquila”, “prefiero ignorarlo todo, no quiero estropear mi vida por una inconsciencia”, y un largo, largo etcétera de argumentos con pros y contras.
De forma indudable, somos libres de hacer lo que nos venga en gana, sí, dentro de la no libertad en la que crecemos. Estamos completamente restringidos (moralmente hablando) por lo que la sociedad nos inculca a través de los medios, el contexto social y la época en la que crecemos y vivimos, que a su vez ha sido determinada por la anterior y sucesivamente, sumando lo que sabemos que nos perjudicará al tener en cuenta nuestras vivencias.
Esto me hace pensar que la libertad, junto a la objetividad, son dos conceptos idealizados por el hombre y que, a fin de cuentas, no existen por una simple razón: desde que nacemos, se nos enseña a hacer o no básicamente todo, y considerando las “lecciones de la vida” instruidas por la experiencia que tuvimos que adquirir rápidamente al vernos en un apuro por una decisión nuestra, encuadramos la libertad con un marco de moral con grabados de aprendizaje, del que acabamos valorando, subjetivamente, los errores que ha supuesto su creación.