lunes, 19 de septiembre de 2011

Todo en aquella tarde era temor.


Deslizaba mis yemas por aquella espalda huesuda con cariño, casi con miedo a romperla con una caricia más sensible de lo debido.
Vértebra tras vértebra, los dedos se me escondían entre los profundos huecos que se hacían en su columna, en esas sombras que conseguían hacerse en la piel por culpa de tenerla pegada a los huesos, cada vez más blanca y enfermiza.
Daba la impresión de que, de un momento a otro, podría imprimir mis huellas dactilares en aquel cuerpo desgraciado.
Sus diminutas rodillas temían partirse si conseguía ponerse de pie y, frágilmente, desaparecería hecha cenizas con la tormenta que se desataba tras las vibrantes ventanas, mezclándose en el barro para tragarse los pies que se atrevieran a andar sobre ella y sumergirlos en una tumba improvisada.
Dentro, la atmósfera estaba más que cargada. Parecía una foto en blanco y negro por la media luz de la habitación y el ambiente tan sumamente tenso, plagado de silencio y humo de cigarros. 
Y así, tan ligera, encogida, abrazándose las piernas, se me hacía más atractiva y tentadora que nunca.
Comencé a besarle el esquelético hombro, colándome por esa pieza de su cuerpo que no había conseguido tapar el desvarado camisón que llevaba. Ambas estábamos sobre el parqué, sumidos en miedo mientras yo apoyaba mi espalda contra la pared y la cobijaba entre mis muslos, como protegiéndola de un secreto que hasta yo desconocía.
Giró la cabeza con un movimiento que incluso me asustó y, recelosa, analicé sus ojeras moradas más tétricas que nunca. Me levanté, como leyéndole la mente, y le tendí las manos para que se irguiera a mi lado más desgarbada de lo normal.
Dio dos pasos de los que casi tuve que rescatarla y pegó con torpeza su nariz y las dos manos al cristal.
-Yo no tendría que haber vuelto y tú, mucho menos, haberme seguido. Ya nos lo avisaron –me dijo con severidad, con una voz que rozaba una tragedia fatal, como primera intervención de ese día que había superado el crepúsculo, sin dejar de observar el frío de afuera que volvía bruma su aliento en la ventana.
Como con un whisky a palo seco, me ardió el esófago.  Como si el demonio se paseara por mis entrañas y yo allí, sin respirar, ahogándome con sus frías palabras. Y es que era cierto, pero yo nunca había estado tan equivocada.

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