lunes, 12 de septiembre de 2011

Hechas de terciopelo eran sus cuerdas vocales para Victoria.


"Que no nos haga fuertes el amor, que nos haga humanos que es algo mejor, que nos haga humanos que es algo mejor"
Victoria le tenía mucho miedo a esos versos que leía velozmente a pesar de la mala letra con la que estaban escritos. Julia estaba componiendo una nueva canción para el grupo inspirada en todo lo que le había pasado últimamente a su mejor amiga.
Así que esa tarde, la musa odiaba palabra tras palabra de la letra porque se negaba a pensar que el mensaje que transmitía era la aplastante realidad que estaba viviendo, que no era una simple y desagradable pesadilla.
Pero bueno, le gustaba, después de todo, ese miedo que sentía. Era otra forma de reafirmar que lo quería y que no desistiría hasta que todo volviera a su sitio, a su correcta posición en su vida.
En consecuencia y a pesar de la paradoja, le dio su aprobación. La verdad, le estaba quedando alucinante. Conseguía removerle las entrañas y, a la vez, una dulzura inestimable se derramaba en cada estrofa al imaginar que salía de los labios de Julia.
-Cántamela -le pidió muy seriamente.
-Jo, Vicks, me da vergüenza...
-No me seas idiota, ¿sí? ¿Usas tu voz para embelesar a todo el mundo y no me das una confidencia a mí, que te incité a empezar con todo esto? ¡Qué bien!
Ey, ey! Para el carro, no te enfades. Era para ver si tenías de verdad ganas o por cumplir -dijo inventándose una mentira rápida para suavizar la situación-. Ya empiezo...
La muchacha comenzó a puntear con la guitarra y, como con una entrada triunfal, su voz de ángel inundó el cubículo que tenía por habitación.

-Volver al día en que nos conocimos;

sentir de nuevo ese escalofrío.
Volver a ser como niños,
planear un futuro contigo...


Se le erizaba la piel de la impresión. Nunca se acordaba de esa sensación: era increíble escucharla tan cerca y para ella sola.
Su voz era miel y Victoria se convertía en un osito goloso, ansioso de más. Así que cerró los ojos y se dejó llevar unos momentos, concentrándose en cada sílaba que se desparramaba en el poco oxígeno que cabía en su habitación.
Y le retorcía algo en el pecho de lo que aún no se fiaba mucho. Tenía la impresión de que ese día no sería nada bueno, pero mejor ignorarlo y aprovechar la tarde con ella.
Pulsó los últimos acordes, unas notas similares a las del principio y, así, cerró la canción.
Su amiga aún seguía flotando entre el silencio que habían dejado las notas y casi regala una lágrima por el desasosiego que creaba ese ambiente.
-Suena deliciosa, Julia. Ha sido alucinante -manifestó su amiga con gravedad, desviando sus ojos a los de ella, que se sonrojó y posó sus irises en las cuerdas de la española que reposaba su regazo.
Y en eso, pudo adivinar un gracias. Se acercó a su lado de la alfombra y le dio un beso en el cachete. Volvió a su posición y apoyó la espalda en la cama.
-Gracias por dedicármela. Ha sido mágico.
-Y que lo digas -comentó una voz nueva de alguien que se apoyaba en el marco de la puerta.
Ambas giraron la cabeza hacia la figura y distinguieron al novio de la artista de ese día, David.
-¿Pero qué...? ¿Qué haces aquí?
-Tu madre me dejó pasar y yo ya me sabía el camino a tu habitación después del otro día -comentó quitándole hielo al asunto con el tono un poco más bajo.
Inevitablemente, Julia se ruborizó y, con un enfado un tanto fingido, continuó:
-Creí que teníamos ensayo los cuatro para las siete y media. Me ibas a ver de todas formas.
-Pero yo quería tenerte un ratito para mí.
Agh! Me lo destartalas todo siempre. No puedes hacer siempre lo que te venga en gana. Estoy con Vicky, ¿no ves? Hala, vete.
-¿Y no me vas ni a saludar como Dios manda?
-Tranquila, Julia. Yo ya me voy y os dejo solos. Ha sido suficiente -dijo Victoria incorporándose y sacudiéndose un poco-. Disfrutad lo que queda de día y que vaya bien la presentación de tu nueva creación -añadió guiñándole un ojo-. Adiós, David -sentenció con algo de frialdad al pasar por su lado.
-Gracias -le susurró en respuesta este último.
David era un chico al que le gustaba salirse con la suya. Y, consecuentemente, persistente hasta el punto de llegar a desesperar. Así que, con gusto, tomó el sitio que la actriz había dejado libre y ella se despidió con un exceso de delicadeza en su voz de la madre de su confidente:
-Hasta luego, me voy ya. Le doy las gracias por todo.
-¡Adiós, cariño! Siempre es un placer que vengas a casa.
Y, con algo de pena, cruzó el umbral.

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