jueves, 1 de septiembre de 2011

El encanto de Victoria.

Nadie sabía lucir un flequillo recto como Victoria. Lo acompañaba de gorritos de lana, de trabitas de colores a un lado, de ricitos o de mechones lisos, de lazos, pero, sobre todo, de unos ojos que no tenían miedo a confesar lo que estaba detrás de ellos, ojos de comprensión en cada parpadeo y ganas de vivir la escena y la vida. 

Por eso, su mirada tenía un brillo especial. Y Carlos lo sabía. Siempre lo había sabido. Siempre la había encontrado mágica y únicamente había podido dedicarle una mirada cargándola de emoción en sus labios, tanta, que le pesaran hasta costarle el regalar una sonrisa y fueran siemrpe sus ojos los que se llenaran de nostalgia acuosa. 

Así que, por impotencia camuflada de orgullo, siempre prefirió recrearse en indiferencia y hacer ver su mudez como un simple silencio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario