domingo, 11 de septiembre de 2011

Descansa, pequeña.

Estaban en casa de Carlos. Como tantas otras veces, solos. Sus padres tenían esa extraña relación de distancia, por eso él no entendía por qué Vicky podía sentirse tan mal cuando había semejantes broncas en su casa o cuando les pasaba algo a los suyos.
Pero ahora estaban en casa de Carlos, y eso significaba olvidarse del mundo exterior, de la realidad que quedaba detrás de la puerta para vivir ellos, nadie ni nada más. Estaban en la habitación del muchacho, tumbados en la cama -cerquita, cerquita-. Él la abrazaba con cariño por la espalda, a medio dormir, silenciosos, marcando los compases de espera con sus respiraciones. Victoria se giró hacia él y, después de mirarse intensamente unos momentos, le acarició los labios con los suyos. Como para medio despertarse, para quedarse a desvela en esa línea que no se distingue lo que es realidad o sueños, en estado de droga y, a la vez, para asegurarse de que de verdad estaba allí.
-Te quiero -le dijo con un hilillo de voz que temblaba por miedo a ser  consumido en alguna de las perezosas inspiraciones de su novio.
Así, sin esperar respuesta, se acurrucó en su aliento, más pequeña que nunca, y cerró los ojos para soñar callada con uno, dos y tres y mil momentos que ninguno de los dos imaginaría vivir.

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