martes, 27 de septiembre de 2011

Aire conforme y con forma.

Me he pasado la vida buscando en todo el mundo la forma en que respiras para ver si me enamoraba con un suspiro entre dientes (de ésos de los tuyos hilvanados en sonrisas) y que sus resoplidos de frío sirvieran como excusa perfecta para abrazar y dar algo de calor que yo también necesito (en el corazón, ya sabes: soy así de pequeñita por dentro). He intentado encontrar un silbido entonado como yo nunca supe desafinar tan bien como para volverlo encantador, pero mi alma se queda desgarbada y sin gracia al oírlos, no hay emoción.
He registrado en todos los rincones más inapropiados para ver si cantaban esas miradas que, al tropezarse con sus pestañas de por medio, cambiarían todo desde el primer 'hola' derramado entre carraspeos vergonzosos.




Y nada de nada. Ha sido un completo fracaso.
Pero descuida, no sigo buscandote...

sábado, 24 de septiembre de 2011

Versos sin ánimo de ganar, pero necesitados de clemencia.

Voy a ser poeta de tus miedos para hiperbolizar tu coraje, personificándolo como el hijo del amor que entre tantas metáforas se ha querido esconder de mí por temor a que todo, automáticamente, se mudara al pasado y con ello hiciera morir de antítesis (ácidamente) los dulces recuerdos. Temor a que las metonimias de mi corazón por las que daría todo pasaran a sonoras sinestesias de demacrada pasión y ya no fuera tan claro el epíteto de ardiente al lado de tu nombre.

Valiente tu cobardía... ¿o solo orgullosa?

Cuándo entenderás que voy a rebuscar los paralelismos de todas las historias que vivimos para dejarlos tan desordenados por el suelo como si de un hipérbaton se tratase, para compararlos entre ellos sin encontrar un peor. Cuándo entenderás que anáfora empieza por tu letra y te repites cada mañana en mis imaginaciones casi como una aliteración escondida entre palabras, no por aprensión, sino por simple vicio a ejercer su cometido... como acabamos nosotros.
Cuándo lo entenderás. Oh, Dios, espero que sea pronto
porque te echo de menos.

jueves, 22 de septiembre de 2011

El cumplidor de subjuntivos.

-¿Y si me quisieras...?
Ése era el don de Connor. Bueno, el don y la maldición.
Malditos humanos. Siempre tenían que buscar preocupaciones por cosas que nunca antes hubieran sucedido y transformar todo en caos. Tenían esa capacidad para pensar en negativo e invertir todo lo que podría haber convertido en una ideal realidad. Tenían que dudar tan intensamente de su capacidad y del futuro que no quisieron cambiar.
Él cumplía los subjuntivos. Los volvía realidad, inexplicablemente. Y eso podría haber sido genial si ella hubiera seguido planeando de aquella manera tan alucinante una vida juntos, que empezó con la pregunta que mil vueltas le daba por la cabeza esa tarde sin la que había sido su pequeña.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Todo en aquella tarde era temor.


Deslizaba mis yemas por aquella espalda huesuda con cariño, casi con miedo a romperla con una caricia más sensible de lo debido.
Vértebra tras vértebra, los dedos se me escondían entre los profundos huecos que se hacían en su columna, en esas sombras que conseguían hacerse en la piel por culpa de tenerla pegada a los huesos, cada vez más blanca y enfermiza.
Daba la impresión de que, de un momento a otro, podría imprimir mis huellas dactilares en aquel cuerpo desgraciado.
Sus diminutas rodillas temían partirse si conseguía ponerse de pie y, frágilmente, desaparecería hecha cenizas con la tormenta que se desataba tras las vibrantes ventanas, mezclándose en el barro para tragarse los pies que se atrevieran a andar sobre ella y sumergirlos en una tumba improvisada.
Dentro, la atmósfera estaba más que cargada. Parecía una foto en blanco y negro por la media luz de la habitación y el ambiente tan sumamente tenso, plagado de silencio y humo de cigarros. 
Y así, tan ligera, encogida, abrazándose las piernas, se me hacía más atractiva y tentadora que nunca.
Comencé a besarle el esquelético hombro, colándome por esa pieza de su cuerpo que no había conseguido tapar el desvarado camisón que llevaba. Ambas estábamos sobre el parqué, sumidos en miedo mientras yo apoyaba mi espalda contra la pared y la cobijaba entre mis muslos, como protegiéndola de un secreto que hasta yo desconocía.
Giró la cabeza con un movimiento que incluso me asustó y, recelosa, analicé sus ojeras moradas más tétricas que nunca. Me levanté, como leyéndole la mente, y le tendí las manos para que se irguiera a mi lado más desgarbada de lo normal.
Dio dos pasos de los que casi tuve que rescatarla y pegó con torpeza su nariz y las dos manos al cristal.
-Yo no tendría que haber vuelto y tú, mucho menos, haberme seguido. Ya nos lo avisaron –me dijo con severidad, con una voz que rozaba una tragedia fatal, como primera intervención de ese día que había superado el crepúsculo, sin dejar de observar el frío de afuera que volvía bruma su aliento en la ventana.
Como con un whisky a palo seco, me ardió el esófago.  Como si el demonio se paseara por mis entrañas y yo allí, sin respirar, ahogándome con sus frías palabras. Y es que era cierto, pero yo nunca había estado tan equivocada.

martes, 13 de septiembre de 2011

Mi corazón es soluble en tus palabras e, irremediablemente, se vuelve pequeñito para que te lo puedas llevar en un bolsillo de excursión a donde quieras.
Aunque también me puedes llevar a mí, si quieres.

La reina de los stripties.

Rozaba tan solo los dieciséis pero su cuerpo era absolutamente de mujer. Un poco de maquillaje (para eliminar los pocos lunares que tenía) acompañado con delineador, los labios de rojo y ¡voilà! las medias de Jane lucían perfectamente para ser deseadas por todos los hombres del bar. El escote que regalaba la mitad de las copas de su sujetador negro de encaje desviaba cualquier mirada que antes podría haberse detenido en el profundo del castaño de sus ojos y en el dolor del que estaban cargados.
Se paseaba por las mesas del antro y movía las caderas pícaramente mientras entonaba sensualmente demasiado cerca de un hombre cincuentón que tenía los pantalones que le iban a reventar de un momento a otro.
Volvió a subir, a pocas palabras de acabar la canción, y en lo que continuó sonando la pequeña orquesta, bailó un vals con la barra, deshaciéndose prenda a prenda de lo que llevaba encima hasta quedarse con lo más íntimo. Dio unos cuantos pasos con aquellas diminutas bragas, guiñó un ojo y lanzó un beso al humo que cargaba al ambiente, convirtiéndola en la más deseada del local, y desapareció entre las cortinas.
Percibió después que ese pequeño gesto acabó siendo para alguien descubierto en aquel instante en medio de la penumbra, en una mesa bastante escondida. Él le brindó brillante, cortesía de la bombilla desnuda, la más traviesa de las sonrisas que pudiera haber visto en ese establecimiento antes. Y, por un momento, por esos ojos infantiles, aquel trabajo no le pareció tan sucio.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Hechas de terciopelo eran sus cuerdas vocales para Victoria.


"Que no nos haga fuertes el amor, que nos haga humanos que es algo mejor, que nos haga humanos que es algo mejor"
Victoria le tenía mucho miedo a esos versos que leía velozmente a pesar de la mala letra con la que estaban escritos. Julia estaba componiendo una nueva canción para el grupo inspirada en todo lo que le había pasado últimamente a su mejor amiga.
Así que esa tarde, la musa odiaba palabra tras palabra de la letra porque se negaba a pensar que el mensaje que transmitía era la aplastante realidad que estaba viviendo, que no era una simple y desagradable pesadilla.
Pero bueno, le gustaba, después de todo, ese miedo que sentía. Era otra forma de reafirmar que lo quería y que no desistiría hasta que todo volviera a su sitio, a su correcta posición en su vida.
En consecuencia y a pesar de la paradoja, le dio su aprobación. La verdad, le estaba quedando alucinante. Conseguía removerle las entrañas y, a la vez, una dulzura inestimable se derramaba en cada estrofa al imaginar que salía de los labios de Julia.
-Cántamela -le pidió muy seriamente.
-Jo, Vicks, me da vergüenza...
-No me seas idiota, ¿sí? ¿Usas tu voz para embelesar a todo el mundo y no me das una confidencia a mí, que te incité a empezar con todo esto? ¡Qué bien!
Ey, ey! Para el carro, no te enfades. Era para ver si tenías de verdad ganas o por cumplir -dijo inventándose una mentira rápida para suavizar la situación-. Ya empiezo...
La muchacha comenzó a puntear con la guitarra y, como con una entrada triunfal, su voz de ángel inundó el cubículo que tenía por habitación.

-Volver al día en que nos conocimos;

sentir de nuevo ese escalofrío.
Volver a ser como niños,
planear un futuro contigo...


Se le erizaba la piel de la impresión. Nunca se acordaba de esa sensación: era increíble escucharla tan cerca y para ella sola.
Su voz era miel y Victoria se convertía en un osito goloso, ansioso de más. Así que cerró los ojos y se dejó llevar unos momentos, concentrándose en cada sílaba que se desparramaba en el poco oxígeno que cabía en su habitación.
Y le retorcía algo en el pecho de lo que aún no se fiaba mucho. Tenía la impresión de que ese día no sería nada bueno, pero mejor ignorarlo y aprovechar la tarde con ella.
Pulsó los últimos acordes, unas notas similares a las del principio y, así, cerró la canción.
Su amiga aún seguía flotando entre el silencio que habían dejado las notas y casi regala una lágrima por el desasosiego que creaba ese ambiente.
-Suena deliciosa, Julia. Ha sido alucinante -manifestó su amiga con gravedad, desviando sus ojos a los de ella, que se sonrojó y posó sus irises en las cuerdas de la española que reposaba su regazo.
Y en eso, pudo adivinar un gracias. Se acercó a su lado de la alfombra y le dio un beso en el cachete. Volvió a su posición y apoyó la espalda en la cama.
-Gracias por dedicármela. Ha sido mágico.
-Y que lo digas -comentó una voz nueva de alguien que se apoyaba en el marco de la puerta.
Ambas giraron la cabeza hacia la figura y distinguieron al novio de la artista de ese día, David.
-¿Pero qué...? ¿Qué haces aquí?
-Tu madre me dejó pasar y yo ya me sabía el camino a tu habitación después del otro día -comentó quitándole hielo al asunto con el tono un poco más bajo.
Inevitablemente, Julia se ruborizó y, con un enfado un tanto fingido, continuó:
-Creí que teníamos ensayo los cuatro para las siete y media. Me ibas a ver de todas formas.
-Pero yo quería tenerte un ratito para mí.
Agh! Me lo destartalas todo siempre. No puedes hacer siempre lo que te venga en gana. Estoy con Vicky, ¿no ves? Hala, vete.
-¿Y no me vas ni a saludar como Dios manda?
-Tranquila, Julia. Yo ya me voy y os dejo solos. Ha sido suficiente -dijo Victoria incorporándose y sacudiéndose un poco-. Disfrutad lo que queda de día y que vaya bien la presentación de tu nueva creación -añadió guiñándole un ojo-. Adiós, David -sentenció con algo de frialdad al pasar por su lado.
-Gracias -le susurró en respuesta este último.
David era un chico al que le gustaba salirse con la suya. Y, consecuentemente, persistente hasta el punto de llegar a desesperar. Así que, con gusto, tomó el sitio que la actriz había dejado libre y ella se despidió con un exceso de delicadeza en su voz de la madre de su confidente:
-Hasta luego, me voy ya. Le doy las gracias por todo.
-¡Adiós, cariño! Siempre es un placer que vengas a casa.
Y, con algo de pena, cruzó el umbral.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Descansa, pequeña.

Estaban en casa de Carlos. Como tantas otras veces, solos. Sus padres tenían esa extraña relación de distancia, por eso él no entendía por qué Vicky podía sentirse tan mal cuando había semejantes broncas en su casa o cuando les pasaba algo a los suyos.
Pero ahora estaban en casa de Carlos, y eso significaba olvidarse del mundo exterior, de la realidad que quedaba detrás de la puerta para vivir ellos, nadie ni nada más. Estaban en la habitación del muchacho, tumbados en la cama -cerquita, cerquita-. Él la abrazaba con cariño por la espalda, a medio dormir, silenciosos, marcando los compases de espera con sus respiraciones. Victoria se giró hacia él y, después de mirarse intensamente unos momentos, le acarició los labios con los suyos. Como para medio despertarse, para quedarse a desvela en esa línea que no se distingue lo que es realidad o sueños, en estado de droga y, a la vez, para asegurarse de que de verdad estaba allí.
-Te quiero -le dijo con un hilillo de voz que temblaba por miedo a ser  consumido en alguna de las perezosas inspiraciones de su novio.
Así, sin esperar respuesta, se acurrucó en su aliento, más pequeña que nunca, y cerró los ojos para soñar callada con uno, dos y tres y mil momentos que ninguno de los dos imaginaría vivir.

jueves, 8 de septiembre de 2011

La caza de la mariposa.

A 8 de septiembre, una mañana soleada en
algún lugar del mundo en el que también existes tú.
Hoy ha comenzado. Todos se han calzado las botas, los pantalones de montar y la mejor de sus chaquetas. Llevan muchos niños que se encarguen de buscar por todos los rincones muy a fondo. ¿Todavía no se ha enterado? Estamos en plena migración monarca, ¡hay que atraparlas a todas para que no pueda nacer ni una más! No queremos que esta odiosa plaga siga proliferando, ¿verdad? Debemos ponernos muy en serio a capturar a estos desagradables seres. Le voy a contar (muy avergonzado de ello), que una vez, en mi sector, se me escapó una. Era enorme, no se puede imaginar el tamaño de aquella colosal criatura de apasionante naranja y negro. Estaba tranquila, serena, apoyada suavemente sobre una flor que me pareció increíblemente fuerte en aquellos momentos en los que la mariposa se alimentaba de su néctar, robándole lo poco que era suyo. Sus indefensos pétalos nada tuvieron que hacer contra ella, y la verdad, las espinas de las que estaba tan orgullosa nunca la habían protegido de nada. Pero soportó la derrota como una valiente, viendo cómo ante ella desaparecía todo lo que había preservado con coraje. Fue un momento íntimo y glorioso, ¿sabe usted? Solo lo conocíamos ellas y yo, tan oculto y despistado entre aquellos matorrales que me ofrecían una vista perfecta sin interrumpir la bella escena. No había nadie más porque no me gustaba llevar niños conmigo, así era más excitante. Dejarme llevar por el instinto que queda en nosotros ¿no cree? Bueno, entretanto de todo esto, caí en la cuenta del repugnante bicho, que empezaba a desplegar sus alas y a volar, haciéndose más y más pequeño cuanto más alto se alzaba hasta el punto de hacerme perder cualquier idea de acertarle con mi escopeta. Y así, de esa batalla gané una derrota. Se me escapó ante mis ojos. A veces, señor, me pregunto si realmente retrocedí en años, creyéndome joven, y la dejé escapar a propósito. Algo que no tendrán que sufrir estas generaciones, gracias a este prestigioso evento que hemos propuesto para este siglo. ¡La caza de la mariposa será todo un éxito! Sí. Así, nuestros pequeños, no tendrán que sufrir la desilusión de tener sueños que se escapan, de que esos dejen su legado con otros cien dentro de ti y que poco a poco te transformen en otro ingenuo más que tendrá que caerse de lleno en la realidad de los adultos. Supongo que a usted le parecerá apasionante la idea. También es de esos, ¿me equivoco? No, no me equivoco. Veo en sus ojos una infinita tristeza que usted quiere confundir con indiferencia y madurez. Le gustaría carecer de anhelos. Sí, y por eso quiere privárselos a los jóvenes para convertirlo en uno igual. En uno de millones. Quiere un ejército de cuerpos sin alma.
Pero usted no sabe una cosa, un secreto del que solo nos hemos dado cuenta nosotros, la resistencia a la Humanidad. Atienda, por favor; será el afortunado de conocerlo:
¿Sabe por qué dejé volar libre a aquel enorme sueño alimentado de una realidad bella y espinosa? Porque, señor, con la muerte de las mariposas... morirán los niños y también morirá usted.

Apagada o fuera de cobertura, para el resto de mis días.

Me he compinchado con el reproductor para poner todas tus canciones favoritas y que suenen tan fuerte que no pueda oír cómo lloro desincrustando de mí todos los malditos recuerdos que hablan de ti.

jueves, 1 de septiembre de 2011

El encanto de Victoria.

Nadie sabía lucir un flequillo recto como Victoria. Lo acompañaba de gorritos de lana, de trabitas de colores a un lado, de ricitos o de mechones lisos, de lazos, pero, sobre todo, de unos ojos que no tenían miedo a confesar lo que estaba detrás de ellos, ojos de comprensión en cada parpadeo y ganas de vivir la escena y la vida. 

Por eso, su mirada tenía un brillo especial. Y Carlos lo sabía. Siempre lo había sabido. Siempre la había encontrado mágica y únicamente había podido dedicarle una mirada cargándola de emoción en sus labios, tanta, que le pesaran hasta costarle el regalar una sonrisa y fueran siemrpe sus ojos los que se llenaran de nostalgia acuosa. 

Así que, por impotencia camuflada de orgullo, siempre prefirió recrearse en indiferencia y hacer ver su mudez como un simple silencio.