jueves, 25 de agosto de 2011

Zoé nunca estuvo orgullosa, pero él no se daba cuenta de que lo hubiera acompañado.


Los cigarros habían muerto en sus labios y sus restos estaban más que calcinados, incinerados perfectamente en un recipiente cualquiera de la más sencilla de las cerámicas. 

Nadie conseguía apreciar su pérdida. Pero a él le arrancaba un trocito de vida poco a poco y siempre les prometía un silencio antes, durante y después de cada uno. Y soledad. Siempre tenían mucha vergüenza de que los pillaran tan desnudos en su boca. 
Las grises cenizas las trasladaba a un jarro de cristal y las guardaba con esmero para que la habitación estuviera envuelta en un aroma a chocolate o a simple tabaco y rememorar el pedazo de alma que se le esfumó con cada uno de ellos. Todos los porqués y la importancia del sacrificio de aquella pequeña porción de nicotina estaban encerrados y eternamente condenados a una fosa común en la repisa de su habitación.

Pero, al fin y al cabo, lo que de verdad se celebraba allí dentro, con la luz medio filtrándose por la ventana, no era especialmente la pérdida de todos ellos.
Era su propio funeral.

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