sábado, 27 de agosto de 2011

Salvación.

La camisa blanca de mangas cortas y abombadas quedaba perfecta con las simpáticas pecas de sus mejillas y sus rizos castaños hacían un conjunto ideal con la falda vaquera de pequeños topos.
Sinceramente, estaba sensacional para aquella ocasión que sería un tanto extravagante.
A Olivia se le antojaban las seis y treinta y dos la hora que no parecía llegar a la verja blanca de piquitos frente a la que se abría paso la suave primavera fuera del revoltoso jardín que estaba puertas a dentro. Pero toda espera está acompañada de recompensa, y esta vez el premio consistía en una sonrisa desde el metro setenta y ocho de Carlos, que se avecinaba por la esquina. La verdad, es que ella nunca imaginó como podía lucir tan bien un suéter gris hasta que se lo vio puesto, encajado en su cuerpo de espalda perfecta. Y como decir ahora que no pudo encontrar mejor complemento que esos pantalones ajustado lo necesario para descubrir una figura irremediablemente sexy acabada en unas despreocupadas deportivas. La verdad, el chico se engrandecía cuando desde el suelo podías apreciar como se mecía en cada paso su liso pelo de corte moderno y la forma en la que brillaba un aro ámbar en su iris, tornándose de un impresionante tono cobrizo.
Pero ya no había tiempo de deleitarse con cada uno de sus pasos, así que con un sobresalto se despertó de sus sueños de insomne con un beso en la mejilla y una espiración que demasiado cerca se coló de su oreja con un dulce "hola". Sus mejillas tomaron un color un tanto rosáceo para dar a continuación otro de esos como respuesta.
-¿Cómo estas hoy? -respondió con una naturalidad que la pilló desprevenida.
-Bueno, pues... bien, si, bien -dijo sin saber muy bien donde colocar su mirada- ¿y tú?
-Mejor de lo que he estado en bastante tiempo... y con ganas de un paseo por el parque, sinceramente -contestó en un tono más animado y sonriente-. ¿Te apuntas? -propuso cediéndole un brazo del que agarrarse.
-Oh... ¡Por su puesto! -prosiguió recogiéndose como la más adolescente en su agradable codo y, sin quererlo, le dio la mano a la única oportunidad que tenía de salvarse de aquel estado en el que se había encontrado ese largo tiempo, detrás de los postigos de la ventana.

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