viernes, 26 de agosto de 2011

Que si hace falta, voy a volver todas mis mentiras realidad para que no te duela ni un poquito averiguar cómo son de verdad las cosas.

-¿Pero qué dices?
Carlos estaba pálido. Era como un enfermo terminal al que le temblaba todo el cuerpo de frío. Pero su frío era bastante diferente. Su frío salía directamente de las palabras de Victoria como flechas de hielo que se clavaban en su piel y lo envolvía en una burbuja helada de la que nadie lo podía rescatar.
-Exactamente, lo que acabas de oír. Palabra tras palabra, perfectamente encajadas en lo que acaba de pasar a recuerdo en tu tan imaginativa mente -le respondió con aires de burla y crudeza, una especie de sarcasmo que cortaba como una daga cualquier idea.

La conversación había comenzado unos minutos antes, con una disculpa de esconder el orgulloso rabo entre las piernas y agachar la cabeza con el más grande de los pesares colgado de la garganta:
-Vic... Yo, sinceramente... Lo siento. Tenía preparado disculparme por cada una de las cosas que hice o dije que pudieron hacerte daño, pero, de verdad, ahora te pido perdón por absolutamente todo lo que vivimos. Te pido perdón por haberte querido y haber conseguido que me quisieras, por haberte cogido de la mano, haberte robado todo ese tiempo y haberme equivocado tantas veces para más tarde intentar explicarte que las cosas no habían sido así. Te pido perdón por haberte "tolerado" cientos de detalles que yo veía desmesurados cuando, más tarde, caí en la cuenta de que eran estupideces adolescentes como otras cualquieras. Te pido perdón por haber sido el más crío de los dos y haber sostenido mi orgullo como nunca hice contigo. No sabes lo que echo de menos apretarte contra mi pecho y llorar por dentro la falta que me hacías cuando no estabas.
-¿Sabes, Carlos? Hay veces que todo da igual.
-¿Incluso yo?
-Sobre todo tú.

Y en ese justo instante fue cuando el muchacho se había tornado en un blanco tan frágil como su alma. Y después de la corroboración de las palabras de la chica, la apatía de Victoria en esa charla continuaba así:
-Sí. No me estoy quedando contigo. Hoy, no me importa lo que digas. Podrías haber venido ayer y haberme robado lo único de corazón que quedaba para mí. Pero hoy está orgulloso. Hoy no quiere saber nada de recuerdos. Hoy es indiferente. Hoy no es ni Dann, ni es tu increíble olor ni vuestra absoluta forma de quitarme el dolor con una sola mirada. ¿Sabes, Carlos? Hoy no me apetece hablar contigo, hacerte el amor ni inundar la habitación con todas las canciones que me dedicaste con tu guitarra. Hoy quiero dormir y no saber nada del resto de mi vida hasta que un día despierte catapultada perfectamente en el pasado, justo en el momento en el que debió de empezar todo para retener todos mis impulsos y olvidarme de cualquier idea de intentar compartir algo contigo, porque, si te digo con total certeza, siempre ha sido imposible.
>>Así que ahora procuraré estar lo más lejos de ti para convencerme de que ha quedado nada y estamos en el punto justo de antes del comienzo de esta partida que todavía no he acabado. Exactamente como hoy, con esta abrumadora indiferencia. Y aunque eso ya no te importa, porque has probado buscar mi compasión lamentando justamente lo que quiero olvidar para olvidarlo tú también, estoy segura de que mi vida se convertirá en una desastrosa actuación hasta que llegue la hora de la protagonista.
>>Bueno, tú bien sabes que las mentiras nunca han sabido darme algo de calor al arroparme así que será un final bonito, un final feliz al haber puesto punto y final a todos mis dolores.
>>Pero lo peor, es que, hoy ha sido mi primer intento y tú, con esa sonrisa me deshaces los esquemas y me dejas por el suelo. Así que, gracias.

Y, sin esperar a recibir ni la mínima de las respuestas, lo besó como tanto había añorado ese tiempo y, paradójicamente, su morriña de él disparó todos los límites.

No hay comentarios:

Publicar un comentario