domingo, 21 de agosto de 2011

Perdóname, Ginebra.

-Boom...
Restos de pólvora en el cañón de su revólver cuarenta y cinco, de resentimiento en los huesos fuera de su sitio y de remordimiento en su sonrisa torcida macabramente triste.
El humo permanecía saliendo de su pistola y del pitillo que empezaba a extinguirse en sus labios.
La verdad, nunca había entendido por qué los indios y los vaqueros no podían hacer un pacto como los únicos seres vivos capaces de ello (o así afirmaba Luke) y dejar tranquilamente los tipis de su campamento con sus familias para que ellos dejaran nuestros ferrocarriles, caravanas y búsquedas de oro. Y, después de todo, lo entendía. Tenía razón, inevitablemente y para la desgracia de todos -aunque no lo pudieran saber aún-, tenía razón. Aquella guerra absurda transmitida de generación en generación no nos estaba llevando a nada bueno, pero las cosas a lo largo de la Historia nunca habían salido bien y nosotros no podíamos empezar a cambiarlo.
-Boom, boom, boom -rápidos, uno tras otro desde su caballo canela (que de lejos se camuflaba con las vastas extensiones de terreno) con las crines oscuras. Las plumas de todos los participantes parecían mocharse como las aves que tan voraces se atrevieron a cruzar el cielo y sus vidas desembocaron en ese destino tan incierto. La desventaja se apreciaba en sus caras de terror, en los trajes de piel de las mujeres indias que no tenían otra intención diferente de proteger a sus pequeños y a las ancianas de trenzas espesas y largamente grises; pero, ciertamente, la expresión no era muy diferente a la de mi amigo-. ¿Mike, se puede saber a qué esperas? ¡Empieza a disparar! -dijo con un tono de odio completamente innatural en él que, evidentemente, me pilló por sorpresa.
Así que sacudí unos segundos mi cabeza lo más rápido que pude para intentar dejar la mente en blanco de desasosiegos por las muertes y de la pesadez de mis absurdas emociones dedicadas a las personas que el destino quiso colocar de camino al Río Colorado y, con un grito de victoria, clavé mis espuelas en Ginebra -como bien me arrepentí después- y cabalgué entre la desesperación de aquella gente queriendo acabar rápidamente con la masacre que siempre consideré innecesaria y de la que -espero que por suerte- pude salvar una mitad gracias a que todos los demás compañeros eran hombres solteros con deseos de cuerpos desnudos sin complicaciones (pero ésa es otra historia).

Memorias de los enfrentamientos en Texas, página diez.
Mike.

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