miércoles, 17 de agosto de 2011

Nunca fuimos lobos.


Nunca supimos lo que era ser lobos, solo seguimos nuestro instinto. 

Teníamos el mando de la situación, estábamos en lo más alto comparándonos con lo que quedaba del mundo y nos respetábamos aprendiendo cada uno de nuestros puntos débiles para procurar no tocarlos. Teníamos el suficiente atrevimiento para separarnos pero nos unía algún lazo, un lazo que conseguía que nos echáramos tanto, tanto de menos que pudiéramos imaginar inconscientemente lo que hacíamos respectivamente para imitarlo y sentirnos un poco más cerca del otro. Teníamos la libertad de pasearnos solos pero la Luna siempre invocó nuestros sentidos y nos traía a encontrarnos donde quisiera que estuviéramos buscando nuestro olor, olor que yo dejaba en tu cuerpo marcándote como mío y que del mismo modo hacías tú conmigo. 
Sin embargo, nunca supimos lo que era ser lobos. 
Nunca nos mantuvimos unidos, no creamos una manada a la que proteger ni nos dio tiempo a resolver problemas, pues no supimos ni arreglar los nuestros. No. No teníamos ni idea de lo que era compartir lo que nos alimentaba de una manera u otra, de lo que era el compañerismo y, mucho menos, se habían despertado nuestros instintos de monógamos dispuestos a desgarrar con uñas y dientes a cualquiera que se dispusiera a hacerle daño al otro.
De ese modo, hubiéramos acabado arrancándonos reflexivamente la piel por habernos herido solo con un par de palabras que parecieron rugidos. Y nuestros cuerpos están más esbeltos que nunca, al nivel de nuestro orgullo, ¿no crees?
Nuestro satélite de plata consolará los aullidos de lamento de cada uno de nuestra especie pero hoy no los escucharás tan fuertes.
Colmillo Blanco se ha comido mi corazón y, aunque no te lo creas, ahora sí que empiezo a vivir.

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