martes, 16 de agosto de 2011

Las facturas estaban más elevadas que nunca... en sus huesos.

Monnique era muy diferente a las demás parisinas. A esta chica de voz bien aguda, como la de la famosa protagonista de la película Amélie, le encantaba ducharse bien y estar perfumadita, tener la piel suave y llevar ropa interior bonita. Detrás de estas tonterías, encontrabas mucho más. Como que era una ecologista acérrima, y por eso ponía ojo a todas esas cositas que compraba o hacía. Y, aunque cueste de creer, el enjabonarse bien todos los días no hacía que ahorrara menos: solo usaba cinco minutos de agua, y era suficiente. Eso sí, no faltaba un baño de media bañera una vez al mes. Pero, al fin y al cabo, era menos gasto que tener una piscina cada cuatro días en casa.
A Monnique la caracterizaban su pelo rojizo, sus ojos verde agua, sus labios sonrosados y bien carnosos, sus simpáticas pecas por los cachetes y la nariz chiquitita y respingona, pero, sobre todo eso, el que fuera una forofa de lo romántico. Le encantaban que le regalasen una rosa, las películas de amor y los libros de aventuras imposibles. La enamoraba el jazz y el blues de letras profundas; necesitaba un paquete de pañuelos de papel para las historias tristes (aunque supiera que ella no las iba a vivir); le encantaba viajar en la bicicleta de paseo azul con la cestita de paja y su sombrero del mismo material a juego cuando el ocaso se apreciaba en su cénit naranja en los campos de girasoles; la enloquecía colarse en los sembrados de trigo a mediodía y dormirse a escondidas del granjero; le fascinaban los parques verdes y los días de sol tumbada contemplando la Torre Eiffel, los suéteres de lana que hacía su abuela con tanto cariño, compartir la nieve con un chocolate bien caliente.

Y aunque ella era una amante de convertir la vida en un sueño, últimamente se le estaba volviendo un poco más difícil.
El nuevo estudiante, el italiano... Angelo, si mal no recuerdo, le rompía la cabeza, sus ideologías, su sentido común y todo lo que parecía convertirla en una chica tan madura. Y es que, aunque ella no se lo quería creer mucho, empezaba a enamorarse. De lo que solo una muchacha como ella podría hacer y de la única manera que iba acorde. Desbocándose, por una sonrisa que encontraba preciosa a medias de una conversación -de esas que levantan solo una parte de las comisuras-; apasionándose, por cada vez que le brillaban los ojos de entusiasmo, de fervor por algo; enfermando por si llegaba la hora del 'hasta luego', que bien sabía que no sería por mucho tiempo, pero la corroía separarse de esas palabras que parecían música cuando las decía él con su característica cancioncilla por el acento del lugar de donde provenía.

En fin, moría como siempre había visto tan bonito en las películas... pero no le estaba gustando mucho, y los suspiros de su amor en la ventana de madera confesaban sin quererlo la pena que le daba no ver los atardeceres tan emotivos como antes.

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