martes, 16 de agosto de 2011

Él quería hacerle el amor y la guerra.

Hoy te declaro la guerra y el campo de batalla será tu cuerpo. Nos jugamos tu amor y estoy dispuesto a ganarte esta revancha ya que venciste al mío y lo dejaste a tus pies porque atentaste contra mi coraza con una sonrisa, por sorpresa, y desmoronaste mis esquemas. Mi propósito no es recuperar lo que me quitaste, es controlar lo que todavía no ha sido mío.
Así, arrasaré tu espalda con mis manos, electrificándote la piel, enterrando en tus poros minas de placer que estallarán cuando le reste terreno a tus miedos. Mi estrategia será recorrer tus curvas por los caminos que nunca se atrevieron a andar los demás soldados y hacer un mapa de la situación de tus lunares. Fusilaré tus temores y dominaré tus sueños en el campo de concentración, presentando las pesadillas que tendrán fuera de mis brazos de cadenas y lavando tu mente de cualquier idea de escapar. Esclavizaré tus besos y los apresaré sin oportunidad a que se escapen, alimentándolos -estrictamente- de saliva, y mi lengua prestará la vigilancia. Estableceré un frente en tus clavículas para proteger mis suspiros de los dientes que atacaron a mi somnolencia y me mantuvieron en vela por ganas de ser relevados rápidamente por cualquiera y disfrutar sin estar de servicio de tus níveas carcajadas. Clavaré mis colmillos en tu garganta a modo de bandera después de ablandar tus hombros con la humedad de mi aliento. Quiero que el núcleo de tu pecho estalle como una granada con algún gemido por la desventaja después de que mis labios levanten el campamento en tus pechos. Conquistaré el olor de tu pelo. Voy a ametrallarte la oreja con te quieros y a embaucar tu sonrisa con susurros. Y así, te condenaría a mi amor de por vida.
Venga, ríndete mostrándome la bandera blanca de tus sábanas que yo prometo tenerte como rehén más tiempo que mañana. Y es que quiero ser el dictador de tus latidos, el colonizador de tu cuerpo, el rey de la mitad izquierda de tu cama.

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